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Unos monasterios laicos y modernos

 

La Reforma Protestante supone una recuperación de los principios ascéticos del monaquismo, pero esta vez por fuera de los muros. Su objetivo no consiste ahora en sumar voluntades dispuestas a expurgar de sí los males del mundo, sino en orientar la vida mundana en orden a esos principios. La vía para lograrlo no será ya la ascesis, sino la educación mediante métodos modernos. Por su parte, las órdenes mendicantes abren sus monasterios para recibir y evangelizar a las poblaciones necesitadas, y con la Contrarreforma, el catolicismo se suma a la cruzada educativa. En poco tiempo el modelo de los nuevos establecimientos monásticos se aplica para el diseño de las instituciones que conformarán el paisaje de la Modernidad: la escuela, el hospital, la prisión, el cuartel, la fábrica, así como los internados y reformatorios destinados a poblaciones específicas.    

 

 

El monaquismo en la Baja Edad Media

A partir de la segunda mitad el siglo XIII el orden medieval entra en crisis y el mundo occidental ingresa en la Baja Edad Media, período que durará hasta finales del siglo XV. En él, las controversias entre la vida religiosa y la profana muestran una inclinación en beneficio de la ciudad terrestre. A pesar de lo cual se observa un retorno del misticismo, por ejemplo con el ascetismo de Catalina de Siena*, con predicadores religiosos como Huss* y Wycliffe*, y con el surgimiento de nuevas instituciones como los flamencos Hermanos de la Vida en Común. También a finales del Medievo cobra notoriedad la escolástica de pensadores y monjes franciscanos como los anglosajones Juan Duns Escoto* y Guillermo de Occam*, y resurge en Italia el pensamiento bizantino con monjes como Besarión, de la Orden de San Basilio, y su discípulo Teodoro Gaza*.311  A pesar de estos resurgimientos la crisis del orden medieval es también una crisis de la fe, aunque no terminal. Pues hacia fines de la Era el mundo cristiano va a mostrar una súbdita recuperación de la mano de fuertes divisiones intestinas en torno a cuestiones de dogma, sobre la conformación de instituciones y sobre la transmisión del saber.312  El primer cisma se produce con las tesis de Martin Lutero contra las prácticas y creencias de la Iglesia. Proveniente de la Baja Sajonia ‒actual Alemania‒, había iniciado su vida religiosa en un convento para después doctorarse en Wittemberg y pasar a ejercer como profesor de Teología. Figuras como Lutero ya venían preanunciándose sobre lo mismo en Occidente, como lo muestra la serie de disidencias contra la Iglesia oficial surgidas durante los siglos XIII y XIV, reclamando la recuperación del ascetismo monástico. Si esas disidencias no fueron integradas, como en el caso de los franciscanos, fueron perseguidas y exterminadas como fue el caso de los albigenses. Pocos años después a Lutero lo sigue Juan Calvino (1509-1564), laico de fuerte espíritu religioso que enseña leyes en la Universidad de Paris.313

En más de un aspecto el surgimiento del protestantismo, en la triple intersección de la vida citadina, el ascetismo cristiano y la universidad, significó una recuperación de la vida pura del monaquismo, pero ahora en concordancia con la vida laica y urbana.  En el espíritu de la Reforma resuena claro el origen monástico de Lutero. Pero se trata de un monaquismo que lejos de retraerse del mundo se vierte sobre él para convertirlo, o antes bien para realizar ajustes en su conversión. Pues durante la Baja Edad Media, la ciudad ‒el burgo‒ ya no representa el mal que era para los primeros monjes durante la decadencia del imperio romano. En la perspectiva de Romero,  ahora, “a la concepción de la aventura, la burguesía opuso la concepción del orden; a la desmesura caballeresca, la cordura y la prudencia, al azar, la previsión”. Es decir que cierta severidad monástica se encontraba ya en la ciudad, por ejemplo en “la vigilancia que sobre la vida pública y privada de sus miembros ejercía la corporación, o como la que los cuerpos comunales ejercitaban sobre la comunidad”.314  Los efectos de ese cristianismo que se había impuesto a fines del siglo XI con la institución de la paz de Dios y las reformas ascéticas, que se continuó en el siglo siguiente con la glorificación de la ciudad celeste representada en la magnificencia gótica de abadías y catedrales, para desembocar luego en el siglo XIII con la Teología de santo Tomás de Aquino ‒monje de la Orden de los Predicadores‒ y en el ascetismo de Francisco de Asís*, ese cristianismo así realizado “prosigue después en todas las formas de humanismo y hacia los progresos científicos, políticos y sociales, para por fin arribar, si se reflexiona en ello, en los valores que actualmente dirigen nuestra cultura”.315

La escuela

Se trata entonces de una fe que en el tránsito de la Edad Media a la Moderna adquiere un rostro humano y recurre a la educación como estrategia misionera. Instituciones como los Hermanos de la Vida en Común, a mitad de camino entre el monaquismo y el movimiento canónico, trasladan las técnicas espirituales de los monjes a la educación de adultos y niños, de religiosos y laicos. Para Foucault, “los ejercicios cada vez más rigurosos que se propone la vida ascética se convierten en las tareas de complejidad creciente que marcan la adquisición progresiva del saber y de la buena conducta”.316  El camino antes utilizado para el alcance de la vida perfecta es ahora aplicado a la producción de una vida correcta. Este proceso se incrementa a partir de las reformas protestantes cuando en Europa casi todos quedan comprendidos bajo el manto de los credos cristianos, concurriendo a la iglesia con una puntualidad mayor a la hasta entonces demostrada, como lo señalan Dussel y Caruso. Se observa por la época una nueva forma de activismo religioso, que no se reduce a la simple búsqueda de prosélitos, sino que toma a su cargo al mundo de aquí. Por un lado, el calvinismo se propone crear una sociedad “a imagen y semejanza” de las Escrituras, en la cual el orden y la disciplina se erigen como principales valores.317  En la Institución de la religión cristiana de Calvino abundan las fórmulas de corte monástico, con llamados a la negación de sí y a la renuncia a la razón. “No somos nuestros”, repite, sino de Dios, y no debemos responder a lo que conviene a la carne, sino allanarnos al gobierno del Espíritu Santo.318  Para ello debe seguirse una vida metódica, acorde con lo planteado en los libros santos. En función de este programa el calvinismo pone a la educación en el centro de sus intereses para enseñar a los hombres cómo gobernar sus inclinaciones. Consecuente con ello se diseña un método pedagógico reglado, de tipo secuencial, metódico, consistente en la superación de pruebas de complejidad creciente, a la manera de la ascesis monástica. Este método da origen al currículum en la enseñanza.319

Por otro lado, con su Contrarreforma, el catolicismo recoge el guante de la apuesta protestante. Es en este contexto que surge en 1534 la Compañía de Jesús, orden monástica cuya estructura muestra reminiscencias de las órdenes religiosas militares. Los jesuitas centran también su acción en la educación, fundando colegios y universidades que en pocos años cubrirán el mapa europeo y luego el del mundo entero. Como lo vio Durkheim, si bien intentaron recuperar el terreno perdido ante la Reforma protestante, “muy pronto hubieron de comprender que para alcanzar su objetivo no bastaba con predicar, confesar, catequizar, sino que el verdadero instrumento de dominación de las almas era la educación de la juventud”.320  Con lo cual se dedicaron a diseñar métodos educativos, también sobre base de las técnicas monásticas de ascesis.

Con el calvinismo la escuela seglar adquiere el orden regular, monástico, y con los jesuitas, la escuela monástica se abre al siglo, al mundo, expandiendo en elafuera el orden de adentro.  A medida que se ingresa en la Modernidad se sofistica en las escuelas elementales el modo monástico.

“El recorte del tiempo se hace cada vez más sutil; las actividades se hallan ceñidas cada vez más por órdenes a las que hay que responder inmediatamente: ‘al último toque de la hora, un alumno hará sonar la campana y a la primera campanada todos los escolares se pondrán de rodillas, con los brazos cruzados y los ojos bajos. Acabada la oración, el maestro dará un golpe como señal para que los alumnos se levanten, otro para hacerles que se inclinen ante el Cristo, y el tercero para que se sienten’.”321 

El criterio de obediencia perfecta de Casiano, y la regla de san Benito que obliga a ejecutar el mandato del maestro “en un instante, con la celeridad que da el temor de Dios”, se traducen ahora en una técnica de enseñanza que ‒dice Foucault‒ mediante señales, “campanas, palmadas, gestos, simple mirada del maestro”, deben “unir en su brevedad maquinal la técnica de la orden a la moral de la obediencia”, con el objeto de atraer ‒agrega citando a La Salle‒ “de golpe todas las miradas de los alumnos hacia el maestro y volverlos atentos a lo que quiere darles a conocer”.322

El Hospital

Por lo que toca a la medicina debe decirse que el saber griego se encontraba presente desde principios de la Edad Media europea en la cultura árabe de la península ibérica, por un lado, y por el otro recluido en los monasterios cristianos. Es en estos últimos “donde ciertos religiosos se interesaron por la curación, no solo por medio del exorcismo y la conversión […] sino también por la separación física del mal”, con técnicas como la sangría y el uso de plantas medicinales. Cuando en el siglo IX llegan las reformas carolingias que restan poder político a las abadías, se decide de manera consecuente la fundación de hospitales por fuera de ellas en todas las ciudades catedralicias con destino a los pobres, regidos por canónigos pero bajo responsabilidad de los obispos. Con la crisis económica del siglo siguiente estos establecimientos decaen y solo sobreviven los hospitales monásticos donde se sigue asistiendo a indigentes y enfermos, y de donde salen los monjes para atender pacientes en ámbitos rurales y en los castillos señoriales. Es en estos años del siglo X cuando se funda la orden del Císter con previsión de una enfermería con ochenta camas. En la crisis, surge la modalidad de los donados, matrimonios laicos empobrecidos que se ofrecen como ofrenda piadosa de por vida para ayudar en los hospitales, obteniendo a cambio sustento y alojamiento.323  La professio monástica se vuelve profesión laica.  

A partir de entonces comienza un lento y paulatino proceso impulsado por la Iglesia episcopal, tendiente a restringir en los monjes el ejercicio de la medicina mundana. Proceso que comienza con alertas sobre los riesgos que implica el roce con el lujo y la riqueza de los señoríos, la recepción de dádivas a título personal o el cobro de honorarios por los servicios prestados, así como el acercamiento a la intimidad de las mujeres que tienen como pacientes. Con lo cual, al arribar el siglo XIII, casi no quedan monjes curadores ambulantes. La atención sigue prestándose intramuros, sin que decaiga la cápita: por el hospital de la abadía de Cluny pasan mil setecientas personas en solo un año. Sin embargo pronto se les prohibirá a los monjes la atención médica bajo cualquiera de sus formas. También, el estudio de su ciencia.

“…el papado exigió en 1243 que en los estatutos de las órdenes se prohibiera expresamente a sus miembros todos los estudios de medicina y, en el mismo año, la regla de los dominicos confirma que esta prohibición ha sido tomada en cuenta”.324    

Por lo que toca a los religiosos seglares, solo por algún tiempo más continuarán practicando el arte, antes que les caiga la misma prohibición. La Medicina va así adquiriendo una paulatina autonomía y laicidad, desligándose de la religión. “Los laicos se disponen a aprender el saber médico en las escuelas monásticas, como en Bec, donde un asiduo auditorio de laicos y de nobles frecuentaban a Lanfranc”, o como también en la colegiata de Saint Martin. Finalmente, por lo que toca a Francia, con Enrique III se seculariza la administración de los hospitales del reino en 1561, quedando las iglesias seglar y regular solo al frente de los propios.

Pero a esa altura de la historia la forma institucional ya había sido transferida al medio. El hospital público se conformó al influjo del monasterio, en cuyos claustros se estudió de manera sistemática el primer arte médico occidental. Ya laico, el hospital sigue rigiéndose con los criterios de orden y disciplina establecidos por las primeras órdenes hospitalarias, y en él queda todavía un personal atado a votos perpetuos.325  Se sabe sin embargo que el hospital de entonces no es una institución médica en el sentido moderno del término. A él van a parar los pobres y desamparados de todo auxilio: menesterosos, peregrinos, huérfanos y parturientas, también los enfermos. Con las pestes de principio del siglo XVI aumenta el número de establecimientos ante la necesidad de albergar a los indigentes contagiados, así como a los migrantes sospechados de tal cosa. Esta expansión se da en gran parte de la mano de las propias comunidades, sobre todo de las corporaciones y grupos canónicos con fuerte influencia ascética y abocados al bien común.

En España, la tipología del hospital reproduciendo la división en claustros, donde se agrupa la población que sería atendida, se inició con el Real Hospital de Santiago de Compostela (1499-1515). Como se observa en la figura 18, en la planta del hospital desaparece la nave del templo, y los pórticos de los claustros crecen dando forma a los pabellones. Si se la compara con la planta de los hospitales (fig. 18 y 20) con la de un monasterio de factura posterior (fig. 19), se verá que la única gran diferencia es la presencia en éste de la nave de la iglesia. Es probable que se dieran procesos de feed back, donde monasterios posteriores a las grandes instituciones modernas tomaran elementos de éstas para la organización de sus espacios.

 

Figura 18: Hospital de Santa Cruz, en Toledo (1505-1514)

fuente: Cuadra Blanco, El Escorial y el Templo de Salomón, op. cit.

                      

 

 

 

 

Figura 19: Planta del convento de San Juan de los Reyes en Toledo (1594-95)

fuente: Cuadra Blanco, El Escorial y el Templo de Salomón, op. cit.

                      

Figura 20: Planta del Hospital de las Cinco Llagas de Sevilla (1545)

fuente: Cuadra Blanco, El Escorial y el Templo de Salomón, op. cit.

 

 

 

Superada la emergencia de la peste, entre los siglos XVI y XVII se produce el proceso del gran encierro (Foucault) en el cual la población errante y los no domiciliados de las ciudades van a parar por la fuerza a los establecimientos vacíos, como los ex leprosarios, y a completar la vacancia de los hospitales ya sin apestados. Pero también se crean establecimientos destinados al nuevo fin ‒es decir la reclusión de los indeseados‒ aunque ya con especificación del perfil poblacional. “En la ciudad los hospitales se especializaban en una categoría de pensionistas: pobres, peregrinos, burgueses arruinados, mujeres embarazadas o niños”. En Francia, en 1622 Luis XIII intenta colectar y separar a las poblaciones, remitiendo los enfermos al Hospital de Dios, creando un hospicio para niños abandonados, y promulgando un edicto para la creación de hospitales diferenciales, uno para hombres válidos, otro para mujeres, niñas y niños, más un tercero para adultos inválidos.326  El edicto incluye un reglamento:  

“…a los hombres se les empleará y trabajarán moliendo trigo en los molinos a mano que se instalarán en los hospitales, en la fabricación de cerveza, cortando tapas de madera para la encuadernación, batiendo cemento y otras obras penosas. Las mujeres, niñas y niños menores de ocho años trabajarán hilando, haciendo medias de estambre, botones y otras cosas de las que no hay oficio jurado.”

En el mismo instrumento ‒donde las resonancias monacales se evidencian solas‒ se prescribe que los internos deben levantarse a las cinco de la mañana en verano y a la seis en invierno, trabajar hasta las siete de la tarde, y luego entregar el producto estipulado al gobernante a cargo, so pena de castigos. Su sucesor, Luis XIV establece la creación de un Hospital General en cada ciudad o villa importante del reino, destinado a pobres y huérfanos, enfermos e inválidos, haciendo constar en el edicto que “todos los cuales pobres serán instruidos en ellos en la piedad y religión cristiana, y en el oficio en que puedan capacitarse”.327  En ese mismo contexto, el antiguo arsenal de la Salpetrière se transforma en Hospital de pobres ‒luego devendrá Psiquiátrico‒ con un reglamento donde reaparecen los oficiales de los monasterios de Pacomio, ahora encargados del gobierno de los adultos y niños menesterosos, con un pautado hora por hora ‒y aún medias y cuartos de hora‒ de los momentos de descanso y vigilia, inicio y cierre de la jornada, rezo, trabajo, silencio, lectura santa, letanías, alimentación e higiene.

“Los domingos y días de fiesta, los oficiales, las oficialas, los maestros de botica, los gobernantes y los pobres, después de haber asistido a la primera misa, que será, como los otros días , a las seis horas y cuarto, permanecerán en la iglesia hasta que se haya terminado el sermón […]  tres oficiales estarán encargadas de colocar a los pobres en orden y contenerlos con gran modestia […] los pobres, los obreros, los domésticos, se confesarán al menos una vez al mes y los días de fiesta solemne”.328

Después vendrá el Hospital Psiquiátrico. Pero hay que adelantar que a Pinel la idea de una reforma del manicomio se le plantea luego de visitar en Zaragoza un establecimiento destinado a los trastornados mentales, donde la terapéutica se basa en la labor, y cuya descripción remite directamente a las pacomianas repúblicas de trabajadores.

“Desde la mañana se los ve a unos desempeñar los oficios serviles de la casa, a otros dirigirse a sus respectivos talleres, y a la mayoría dividirse en distintos bandos bajo la dirección de algunos vigilantes inteligentes e instruidos para repartirse con alegría por las distintas parcelas de un amplio terreno dependiente del hospicio y allí dividirse con una especie de emulación los trabajos relativos a las estaciones, cultivar el trigo, las legumbres, los tubérculos, y ocuparse sucesivamente de la siega, la trilla, la vendimia, y encontrar a la caída de la tarde, en su solitario manicomio, la calma y un sueño tranquilo.”329 

La fábrica

También el modelo de la fábrica, con todos los obreros encerrados en un establecimiento cuya única puerta se cancela con llave y se abre al final de la jornada, proviene del monasterio. Pero su planta no reproduce al total de la abadía, sino a la iglesia abacial: una inmensa nave que lleva adosados sus espacios accesorios, correspondientes a las anteriores celdas de los principales, además de los servicios. Las celdas comunes han desaparecido, se han abierto, pero para reaparecer de inmediato bajo la forma de la celda virtual del puesto de trabajo.     

“Aquí, todavía, se encuentra un viejo procedimiento arquitectónico y religioso: la celda de los conventos. Incluso si los compartimientos que asigna llegan a ser puramente ideales, el espacio de las disciplinas es siempre, en el fondo, celular”.

Se trata para Foucault del pasaje de una arquitectura donde los “emplazamientos funcionales” dejan de ser reales, hechos de muros, para pasar de a poco a codificarse como espacios virtuales “que la arquitectura dejaba en general disponible y dispuesto para varios usos”.330  No se trata sin embargo de un pasaje más o menos directo que va del monasterio a la fábrica moderna. En el medio están la escuela y el gremio, sintetizados, como es el caso de la escuela gremial que se proyecta conformar en 1667 con niños becados que después se colocarán como aprendices en la manufactura de los Gobelinos. Aquí el modelo escolar se combina con el aprendizaje individual de las corporaciones gremiales, incluyendo la relación de dependencia total del aprendiz al maestro, la duración preestablecida de la formación, y su finalización tras una prueba calificadora para el ejercicio del métier.331  No hace falta mayor esfuerzo para ver en esta relación la misma que vincula al novicio con su director espiritual.  La presencia del monasterio en la fábrica moderna se revela también en la escansión del tiempo que “ha conservado durante siglos un ritmo religioso”, así como en las prohibiciones y penalidades. Foucault cita los reglamentos de las industrias manufactureras del 1600 donde se establecen las actividades desde el inicio de la jornada laboral:

“todas las personas [...] al llegar por la mañana a su lugar, antes de trabajar comenzarán por lavarse las manos, ofrecerán a Dios su trabajo, harán el signo de la cruz y se pondrán a trabajar [...] Si ocurriera que los obreros llegaran pasado un cuarto de hora después de haber tocado la campana... […] aquel de los compañeros a quien se hiciera salir durante el trabajo y perdiera más de cinco minutos... […] aquel que no esté en su trabajo a la hora exacta...  […] Está expresamente prohibido durante el trabajo divertir a los compañeros por gestos o de cualquier otro modo, entregarse a cualquier juego sea el que fuere, comer, dormir, contar historias y comedias...”332 

Con la llegada de las revoluciones burguesas la impronta monástica se atenúa pero no desaparece. Para Jacques Donzelot subsiste en los establecimientos, penitenciarios, asilares y hospitalarios, así como en la industria. En la fábrica, la relación con “el espacio religioso del tipo conventual no se rompe de forma decisiva”, como tampoco lo hace la concepción obligada del trabajo, ligada a la salvación del alma. “Simplemente el trabajo se verá afectado por una valoración positiva y a la redención se la llamará moralización”. En el proceso en que la organización abacial se laiciza, y se sustituye a Dios por la moral burguesa, dando lugar a nuevas instituciones, se tiende también a la des-totalización de la institución, en el sentido que en muchos de los nuevos establecimientos no se cumple la totalidad de las funciones. Sin embargo, tampoco se circunscriben a una sola de ellas. En la fábrica se reza, se trabaja de manera celular y, en el caso de las work houses de Inglaterra, además de esto se convive día y noche. Contemporáneas con los primeros manicomios y prisiones, estas instituciones constituyen a la vez “una fuente de empleo para indigentes”, “un medio de intimidación para los ociosos” y un mecanismo de vigilancia, todo reunido en función de un programa que apunta a erradicar hábitos viciosos y forjar en su lugar costumbres virtuosas.333  En estas fábricas-convento ‒como las denomina Foucault‒ las familias menesterosas viven en cuartos separados, padres, madres e hijos, cada uno en los respectivos dormitorios colectivos, además de trabajar en talleres igualmente separados. A medida que avanza el siglo XIX estos espacios de transición tienden a reducirse, y las instituciones se parcializan según la función principal que les cabe, quedando el carácter total solo para la prisión, el hospicio y los asilos.  Pero todavía, “cuando se quiere utilizar en la industria a las poblaciones rurales, ocurre que para habituarlas al trabajo en los talleres, se apela a congregaciones; se encuadra a los obreros en unas ‘fábricas-convento’.”334

La prisión

Entre los siglos V y VII, con el establecimiento de los primeros monasterios llega también a tierras europeas “la policía de las costumbres”, por derivación de las reglas que siguen los monjes. Para Claude Gauvard, la vida religiosa reglada constituye “el embrión de un orden cuya aplicación suscita la admiración de los laicos”. Con los monjes, sobre todo con los irlandeses, aparece un nuevo sistema “fundado sobre la penitencia privada” ‒que se suma a la ya existente excomunión y penitencia pública de la Iglesia seglar‒ consistente en la adjudicación de una pena tarifada según la naturaleza de la falta, el grado de reincidencia, etc., tabulada en los penitenciarios. Estos manuales, que “participan largamente en la educación de las costumbres”, le “brindan a los confesores un catálogo de pecados acompañados de la tasa de penitencia”.  Además de este costado prescriptivo, y de aquel otro ejemplar, la policía de las costumbres que así surge posee un aspecto ejecutivo, presente en el ejercicio del poder de policía que les cabe a los abades. En las ciudades, donde “se benefician de privilegios de inmunidad, la policía de los hombres que dependen de esos monasterios son de exclusividad del abad o del prior”. En las zonas rurales, donde los monasterios constituyen el centro de la actividad local, éstos cuentan con el mismo beneficio de indemnidad jurídica, el cual implica el ejercicio de funciones policiales propias que el abad “por lo general confía en un laico, el abogado”. Además, quienes buscan ahí refugio ‒criminales huyendo de la justicia y esclavos de sus amos‒ no podían ser sacados “ni por la fuerza ni por la astucia”.335

Las abadías entonces cuentan con el poder de policía sobre los religiosos y los laicos pertenecientes al dominio, pues en la Alta Edad Media ejercen el señorío sobre las poblaciones de sus grandes extensiones. Lo ejercen el poder de policía también sobre los refugiados que llegan a sus puertas corridos por el hambre, la enfermedad o la (in)justicia. Esta función policial de los monasterios se complementa con otra de carácter penitenciario. Quienes prefieren el encierro santo al castigo del amo o del señor del lugar, no padecen una prisión forzosa. Pero los monasterios consisten en un espacio cerrado, regido por estrictas reglas escritas, además de contar con celdas de aislamiento…, todo lo cual hace de ellos el laboratorio real donde se ensaya la prisión moderna. Refiere Foucault que la celda penitenciaria proviene de la monástica, y según Donzelot, “san Vicente de Paul es uno de los protagonistas de esta transformación que permite a los priores, a las caridades y a los hospitales retener no solo a los enfermos, sino también a personas encerradas por orden de su majestad. De donde deviene que si el “principio de funcionamiento” de la prisión no defiere “fundamentalmente del monasterio”, es porque proviene de él, tal como se muestra en el lenguaje ambiguo de los informes que se presentan a debate para el establecimiento del Código de instrucción criminal en Francia:

“el orden que debe reinar en las casas de reclusión puede contribuir poderosamente a regenerar a los condenados […] que las reglas de una moral sana se practiquen en las casas de reclusión; que obligados los reclusos a un trabajo que acabarán por amar, cuando recojan su fruto, contraigan en aquéllas el hábito, el gusto y la necesidad de la ocupación; que se den respectivamente el ejemplo de una vida laboriosa, que pronto llegará a ser una vida pura; pronto comenzarán a lamentar el pasado, primer precursor del amor a los deberes”.336 

El sentido primero de la celda de la prisión moderna no es el castigo. En tanto réplica de la celda monástica, ella se orienta a una readaptación del delincuente mediante “la relación del individuo con su propia conciencia y a lo que puede iluminarlo desde el interior”. Foucault reproduce los términos en que Abel Blouet, en su Proyecto de prisiones celulares, de 1843, explica la eficacia que se espera de ella:

“Solo en su celda, el detenido queda entregado a sí mismo; en el silencio de sus pasiones y del mundo que lo rodea, desciende a lo profundo de su conciencia, la interroga y siente despertarse el sentimiento moral que no perece jamás por completo en el corazón del hombre”.337

Se trata, como también se lee en otro Informe relativo al Código de instrucción criminal, de alternar el trabajo con la oración, “la instrucción y las meditaciones saludables”, de modo que con el paso de las semanas, meses y años, la conciencia del sujeto se transforme, “poco a poco, por la fuerza de un hábito primero puramente externo, pero pronto trasformado en una segunda naturaleza”338, tal como ocurre con el hábito monacal.

El cuartel

Con las cruzadas la Iglesia asume la espada y los señores de la guerra, la cruz. La primera logra así un brazo armado y los segundos una doctrina con procedimientos útiles relativos al sacrificio, la obediencia, y la fe en otro mundo que devuelve con creces lo que se entrega en éste. Ya antes, los monjes habían empuñado la espada o el garrote cuando afirmaban ver encarnados en los cuerpos de otros los demonios que san Antonio batía en el aire con su cayado. Sin embargo esos momentos pasados fueron a la manera de explosiones de un instinto mal dominado que buscaba satisfacerse en su objeto, pero el ejercicio bélico no se institucionalizó como oficio monástico. No hubo entonces monjes militares ni ejércitos santos actuando en el nombre de la fe de Cristo. Con las cruzadas sí los hubo: nobles armados que sumaron el hábito a la armadura, como los Templarios en Oriente, y religiosos recluidos que salieron el mundo a matar infieles, como los monjes de Calatrava en los reinos de España. Con el surgimiento de las órdenes militares se había sellado un pacto entre las sociedades de oratores y de bellatores. Ese acuerdo subsistió aún después de desarmadas las órdenes, y en el caso de los Templarios, confiscados los bienes y perseguidos sus miembros. Tal continuidad se sustentó en los mutuos beneficios que reportaba el pacto: una doctrina con eficaces procedimientos para unos, y la posibilidad de regular la violencia organizada para los otros.

En los albores de la Modernidad, el desarrollo tecnológico de la artillería y la expansión de las rutas navieras, por efecto de las conquistas, le requiere al Ejército y la Armada adquirir conocimientos académicos. La guerra deja de ser cuestión de arrojo, como parece haber comenzado a demostrarse con la derrota francesa a manos de la nueva y bien calculada arquería inglesa, a principios del siglo XV en el marco de la guerra de los Cien Años. Lo mismo se demuestra de manera más contundente con la evolución de la artillería durante los dos siglos siguientes. Hay que profesionalizar el oficio bélico. Se constituyen entonces los cuerpos facultativos de artilleros e ingenieros militares, estableciéndose una formación académica para los cuadros de oficiales, por un lado, y por el otro una instrucción práctica para los suboficiales. El vocablo ejército que emerge a principios de aquel siglo XV, como bien lo expresa Louis Boussanelle, deriva de ejercicio¸ de manera consecuente con la necesidad de contar con cuerpos fijos instruidos y ejercitados en las nuevas reglas del arte, y ya no eventuales soldadescas a sueldo. El modelo de los cuerpos facultativos que así se crean se extiende luego a los cuerpos generales, dando forma al Ejército moderno.339  La profesionalización del arte militar conlleva entonces la formación académica de los estamentos superiores y la instrucción práctica de los inferiores, para lo cual se requiere que éstos sean fijos, estables. Surge así el cuartel militar.

“…el modelo del convento se impone poco a poco; el internado aparece como el régimen de educación si no más frecuente, al menos el más perfecto […] es preciso asentar el ejército, masa vagabunda; impedir el saqueo y las violencias; aplacar a los habitantes que soportan mal la presencia de las tropas de paso; evitar los conflictos con las autoridades civiles; detener las deserciones, controlar los gastos. La ordenanza de 1719 prescribe la construcción de varios cuarteles a imitación de lo dispuesto ya en el sur; en ellos el encierro sería estricto…”.340 

En ellos el plebeyo es instruido no solo en el manejo práctico de los instrumentos de guerra, sino también en los valores de la nobleza, referidos al honor, la obediencia y el desprecio por la propia vida. Las “perfecciones del claustro mismo” se hacen presentes en las obligaciones y virtudes de la profesión militar, tal como lo explica Boussanelle en su manual de El buen militar que escribe en los años previos a la Revolución Francesa. Ahí plantea que “ningún otro estado, sin exceptuar la vida religiosa misma”, podría igualar “la rigurosidad de la sumisión” que impera en los reglamentos militares. En su texto se observa bien el rol que la religión cumple en la institución militar, cualquier religión, en tanto prescribe principios, gobierna pasiones y aleja el temor a la muerte al prometer mayor felicidad en la otra vida.341  Boussanelle se confiesa cristiano, aunque en su práctica esta fe parezca “tan perfectamente indiferente a los espíritus fuertes”. En su opinión no sucede lo mismo con la religión de los Misterios a la que tributaban los guerreros griegos. Pero parece haber sido el cristianismo protestante, con su recuperación de la moral monástica, el que más influyó en el disciplinamiento militar. “La gran disciplina militar se ha formado, en los ejércitos protestantes […] a través de una rítmica del tiempo que estaba escandida por los ejercicios de piedad”. Agrega Foucault que fueron las reglamentaciones de estos ejércitos  las que dieron origen a los reglamentos de los ejércitos europeos.342

La definitiva profesionalización de la institución militar, y su universalización, se dará luego de la victoria de Prusia sobre Francia de 1870, lograda en mérito a la organización, además de la táctica y el uso de nuevas tecnologías por parte del ejército prusiano.343  La eficacia en el disciplinamiento lograda por la nobleza militar, mediante la transferencia a las clases bajas de los valores monásticos por ella asumida, es lo que determina la posterior extensión de la misma fórmula a toda la población, como mecanismo para la consolidación de los estados-nación: nace el servicio militar obligatorio.344  A la vez, la misma fórmula es utilizada para disciplinar a los cuerpos policiales, reclutados también en las clases bajas, que en momentos de su generalización y liberalización, luego de las revoluciones burguesas del siglo XIX, comienzan a levantar protestas entre las clases medias citadinas por su escaza urbanidad y profesionalidad. Casi en forma paralela con la institucionalización de los ejércitos modernos, que la nobleza realiza utilizando la tecnología monástica, se produce la organización de la burocracia administrativa de los estados-nación, por cuenta de ese mismo estamento noble. Consecuencia de ello es la semejanza entre la organización burocrática del Estado y la propia de la institución militar: ambas poseen la misma estructura organizativa y los mismos niveles jerárquicos: división, departamento, sección, etc.345

La transversalidad institucional

  1. Hacia fines de la Edad Media el monaquismo había transferido no pocos elementos de su modus vivendi al medio mediante tres vías: apertura de los claustros a los laicos, salida de los monjes al mundo, adopción del modelo por parte de instituciones laicas. La transferencia del modelo institucional se fue dando por un lado a lo largo de un lento proceso en el cual algunas partes de la organización se desprendieron, dando así lugar a formas autónomas. Es lo que ocurrió con la hospedería del monasterio que pasó a conformarse como hospital de peregrinos, en un primer momento, y luego como hospicio y como hospital médico. Por otro lado, el pasaje de la tecnología monástica al mundo seglar se dio de manera más clara a fines de la Edad Media y principios de la Modernidad en virtud a la apropiación explícita del modelo que hicieron los poderes y grupos sociales. Lo hicieron ya sea tomando a su cargo aquellas formas desprendidas, o bien instituyendo establecimientos inspirados en elementos del monasterio: escuela, fábrica, cuartel, prisión…  
  2.  La escuela, por ejemplo, como institución singular, muestra un antecedente en la escuela del monasterio, y también en la catedralicia, aunque en su expansión haya quizás influido más esta última. Pero cuando la escuela se institucionaliza adopta elementos de la tecnología monástica, tal como lo muestra Foucault en su Vigilar y Castigar.  Dos corrientes del ascetismo cristiano colaboraron en este proceso: esa suerte de monaquismo sin clausura de los grupos protestantes que retoman la propuesta agustiniana de crear un mundo inspirado en las Sagradas Escrituras, y el monaquismo de la Contrarreforma que descubre que la nueva batalla consiste en la subjetivación del niño, más que en la re-subjetivación de sí y del otro. Antes de volverse una política de Estado destinada a la producción del ciudadano, la escuela se organizó como pieza fundamental de un programa religioso orientado a los laicos. En él se aplicó a los niños las técnicas del claustro con miras a la corrección de las costumbres del mundo.
  3. En la génesis del Hospital hay que considerar la tradición hospitalaria de los pueblos del Medio Oriente, incluida como mandato en la doctrina cristiana. Para conciliar la hospitalidad con el aislamiento y el encierro los monjes instituyeron el espacio de la portería u hospedería de manera de albergar sin incluir al prójimo. A la par, el mismo encierro le dicta al monasterio la necesidad de contar con su propia enfermería, encierro en el cual también se conserva el saber médico de los griegos. Con el correr del tiempo algunas órdenes se vuelcan hacia la hospitalidad, y bajo su modelo se fundan hospitales que quedan a manos de la Iglesia o de los grupos comunitarios. Al finalizar la Baja Edad Media el hospital de bienvenida se convierte en el hospital de encierro de las poblaciones sospechosas, de cuyo seno saldrá la medicina y el hospital modernos.
  4. A su manera los monasterios colonizan las tierras inhóspitas de Europa, en ocasiones dando lugar al surgimiento de poblados y luego ciudades. Por otro lado se instalan también en ciudades y burgos preexistentes. En este proceso el orden y la disciplina internos se transfieren al medio como policía de las costumbres y como sistema de penitencias, a la par que quedan comprendidos en esos órdenes los siervos de los dominios abaciales, así como las poblaciones albergadas. En su conjunto ‒tanto edilicio como social y regimental‒ el  monasterio es el espacio ideal para intentar la re-socialización de los súbditos cuya conducta atenta contra los dictados del poder monárquico. La penitencia pía y la celda monástica son elementos que inspirarán a la penitenciaría moderna en su proyecto de conversión de los hábitos viciosos en hábitos ciudadanos. Como lo señala Donzelot el encierro en un espacio clausurado que goza en el siglo XIX de un favor particular cuando se trata de dar respuestas a la miseria, la locura o el crimen.346  De la celda de encierro no se beneficia solo la Penitenciaría, sino también el correccional infantil:

“el aislamiento es el mejor medio de obrar sobre la moral de los niños; ahí es sobre todo donde la voz de la religión, aunque jamás haya hablado a su corazón, recobra todo su poder emotivo”.347

Uso que se sigue en las familias con el cuarto de penitencia, o la penitencia en el cuarto con que se castiga a los niños, así como en el rincón de penitencia para los escolares.  

  1.  La fábrica se beneficia también de los elementos del monasterio. En ella la celda monacal no es ya un lugar de encierro sino un espacio virtual ‒el puesto de trabajo‒ que escande el ámbito mayor de una nave eclesial sin imágenes ni salmos, dedicada a la producción.  El trabajo fabril mismo, realizado bajo un régimen disciplinario de absoluta visibilidad, con sus tiempos pautados a la manera de la liturgia conventual, así como la función civilizatoria y resocializadora. Una nueva y particular concepción del trabajo se difundirá a partir de entonces. Forzado para los presos, obligado para vagabundos, pobres y díscolos, así como para los niños en corrección y las niñas pobres en riesgo etario. También el trabajo recomendado para los locos, y el vano y repetitivo trabajo escrito tantas veces según sea la gravedad de la falta con que se castiga a los escolares. Y el trabajo que os hará libres del campo de concentración… Todas estas formas son variaciones derivadas del labore monástico, pues el trabajo aleja malos pensamientos, aplaca pasiones y produce frutos que dignifican a su productor.  
  2. El encuentro entre el orden religioso y el orden militar propiciado por las cruzadas resultó en la transformación del segundo mediante la adopción de una tecnología social que se convenía bien con sus necesidades. De ese encuentro salió una clase noble caballeresca, auto-controlada, que bien se manifiesta en el amor cortés al que dará lugar. Pero la transferencia institucional que más interesa destacar es la que ocurre cuando con fines nacionales la nobleza conforma los ejércitos fijos y aplica sus cánones y prácticas disciplinarias heredadas de los monjes al plebeyo enrolado. Ya avanzada la Modernidad esa misma tecnología se aplicara hacia fines del siglo XIX al conjunto de la población masculina a través del servicio militar obligatoria. Antes de ello, esa misma clase noble aplicará su propia organización institucional en la conformación de de las estructura administrativa del Estado Moderno.
  3. Si Foucault puede hablar de un “principio de relativa continuidad” entre instituciones de distinto tipo, que se remiten unas a otras más allá del cometido explícito que les cabe ‒orfanato, casa de corrección, penitenciaría, cuartel, prisión, escuela, patronatos, refugios y obradores varios, internados, reformatorios y hospitales‒ es por esta coparticipación de elementos monásticos que las emparenta entre sí.348  Se trata, claro está, de una continuidad sincrónica que se da en el ahí y entonces de esas instituciones. Pues su perspectiva no sigue esta ilación que aquí hacemos, que nace antes y atraviesa toda la Edad Media para continuarse luego. Los análisis de Foucault ‒se sabe‒ operan en discontinuidades históricas. La “relativa continuidad” que descubre entre distintas instituciones tampoco se explica como resultado de la expansión que tuvo la lógica monástica en virtud de su propia eficacia. En su perspectiva es producto de la conformación durante la Baja Edad Media de un programa disciplinario diseñado y ejecutado por las elites y poderes laicos y religiosos, el cual las integra entre sí.
  4. La misma idea es en otra perspectiva retomada por Bauman cuando hace referencia al diseño de un ambiente por parte de las elites decimonónicas europeas, destinado al surgimiento de una nueva razón en las clases incultas, mediante el expediente de iluminar en ellas su potencial moral oculto. Pues para el Iluminismo el sujeto humano es de por sí razonable, pero no racional. Es capaz de razón pero sin saberlo. Por eso la “elite auto civilizadora” de la Ilustración, que se había trazado el propio sendero hacia la razón, debía guiar a la gente sencilla por el mismo camino para que pudiera encontrarla en si misma, en su propio interior, y así liberarse del oscurantismo medieval.

“Había que decirle a la gente cuáles eran sus verdaderos intereses, y si no escuchaba o fingía estar sorda, debía obligársela a comportarse como exigían sus verdaderos intereses, incluso contra su voluntad, si así fuese necesario”.349


 

 

 

 

 

 

 

 

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0:52hs, 5 de Septiembre de 2013 (GMT)