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Varela, Cristián, "La psicología institucional argentina. Orígenes y fundamentos", Segundo Congreso Nacional y Primer Encuentro Internacional de Psicosociología Institucional, Universidad Nacional de Salta, Agosto 2010, 12-14. 

LA PSICOLOGÍA INSTITUCIONAL ARGENTINA: ORÍGENES Y FUNDAMENTOS

CRISTIÁN VARELA

 

LA REINVENCIÓN DE LA INSTITUCIÓN

En los años ’50 de la centuria que pasó, en un proceso con connotaciones globales, comienza a cobrar fuerza un movimiento que pone en tela de juicio las formas típicas que habían adquirido varias instituciones sociales de la Modernidad. Como expuse en otra oportunidad, se trata de una tendencia que se manifiesta en el plano de las ideas y de las prácticas sociales.[1]  Deleuze sitúa por la misma época al momento en que se precipita el pasaje de una sociedad estructurada en espacios cerrados –familia, escuela, fábrica, hospital, prisión–  a otra “al aire libre”.[2]  En ese contexto se producen los primeros encuentros en el terreno entre el Psicoanálisis, la Sociología, la Antropología y la Psicología Social, manifestados en colaboraciones conjuntas de investigadores de las distintas disciplinas, aunque por el momento el objeto de estudio no son tanto las instituciones en sí, como los servicios que prestan y las poblaciones que alojan o asisten. En revistas especializadas aparecen artículos sobre la vida en las prisiones y los efectos psicológicos del encarcelamiento. Trabajos de similar naturaleza se escriben en el sector de la salud sobre las personas internadas en hospitales y servicios psiquiátricos, así como sobre las condiciones de trabajo y las relaciones entre médicos, enfermeros y pacientes. También por la misma época se inauguran los estudios sobre las organizaciones laborales, al tiempo que ven la luz los primeros testimonios sobre los campos de concentración. Aunque son más numerosos los trabajos sobre instituciones específicas –cárceles, hospitales, fábricas– ya a principios de los años ’40 comienzan a aparecer algunos textos sobre las instituciones en general.

Este proceso de reinvención de la institución, según la feliz fórmula de Jacques Ardoino[3], se comprende mejor en su capítulo argentino si se sigue la línea histórica que comienza con el higienismo mental y se continúa con el movimiento de la salud mental, para luego dar lugar a la postulación de una psicología social argentina, de la cual a su vez se desprenderá una Psicología Institucional de igual cuño. A su vez, la identificación de cuatro personajes clave en ese recorrido –Gonzalo Bosch, Gregorio Bermann, Enrique Pichon Rivière y José Bleger– resulta útil para jalonar el proceso en cuestión, a la vez que para devolver a la memoria a quienes transformaron con sentido social el campo de la salud y del conocimiento sobre la subjetividad.

EL HIGIENISMO MENTAL

En los campos de la salud y la criminología el paradigma del higienismo cobra fuerza cuando comienzan a declinar las ideas del determinismo biológico de las conductas sociales, dando paso a las teorías ambientalistas. En estas últimas el acento cae sobre las condiciones de entorno como factores patogénicos y criminógenos, con lo cual las preocupaciones por lo social ingresan con derecho propio en las teorías y prácticas médicas y criminológicas. El higienismo mental nace en los EEUU de la primera década del siglo XX, a instancias de Clifford Beers, un graduado en finanzas de Yale, quien trabajando en Wall Street transitó una ingrata experiencia de internación psiquiátrica. Al externarse, Beers publica sus memorias y luego funda el National Comitee for Mental Hygiene. Pocos años después, en 1919, el Comité adquiere nivel internacional con el impulso de personalidades como Williams James. Una década más tarde se crea en nuestro país la Liga Argentina de Higiene Mental, presidida por Gonzalo Bosch, el médico psiquiatra que le facilitará el ingreso al sistema público a una nueva generación de reformadores.[4]  De todos modos, como lo expresa Alejandro Dagfal, al interior del movimiento higienista conviven tanto las posturas progresistas como las más rancias doctrinas de un eugenismo defensor de purezas raciales.[5]  Dentro de este impulso reformista se destaca la figura de Gregorio Bermann, psiquiatra cordobés cercano al Partido Comunista Argentino, que había participado del movimiento de la Reforma Universitaria de 1918. Luego, Bermann integra el contingente de argentinos que viajan a España en apoyo a la República, al igual que otros médicos como Emilio Pizarro Crespo. Tanto Bermann como su colega Jorge Thénon, también cercano al PCA, mantienen contacto con Freud y participan de las conversaciones previas a la constitución de la Asociación Psicoanalítica Argentina que impulsan Arnaldo Rascovsky y Enrique Pichon Rivière, aunque finalmente deciden no participar de su fundación. Años más tarde, en consonancia con la condena del PC al Psicoanálisis, ambos se distanciarán del pensamiento freudiano.

LA SALUD MENTAL

Ya en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, en Norteamérica comienza a producirse el paso del higienismo mental a la nueva noción de salud mental, concepción desprovista de los rasgos de darwinismo social remanentes en el anterior paradigma. Un factor decisivo en ese paso lo constituye la participación de psiquiatras y psicoanalistas en las áreas de salud y de personal de los ejércitos aliados. Lo hacen, entre otros, Harry Stack Sullivan en los EEUU, George Brock Chisholm en Canadá, y en Inglaterra Wilfred Bion y John Rickman. En 1945 Chisholm presenta en un cónclave en el que participa el argentino Gregorio Bermann, un programa orientado hacia una “nueva pedagogía social”, con apoyo en el Psicoanálisis, la Psicología y la Antropología Cultural. Con influencia en las ideas de Erich Fromm, Chisholm identifica a las instituciones –familia, Iglesia, escuela, medios de comunicación, partidos políticos– como lugares donde se trasmiten ideales belicistas y “toda clase de certezas nocivas” destinadas al control de los ciudadanos. En consecuencia, propone a esas mismas instituciones, así como a las asociaciones de padres y maestros, a los clubes y a las universidades, como agentes de una reforma social en la que la Psiquiatría, junto con las otras ciencias humanas, “debe decidir cuál será el futuro inmediato de la raza humana”.[6] Esta consideración de Chisholm sobre el papel de las instituciones es consistente con la estrecha relación que guarda con John Rowings Rees, uno de los fundadores del Tavistock Institute, lugar donde surgen por esa época los primeros estudios británicos sobre las instituciones. Al poco tiempo Chisholm queda a cargo de la comisión encargada de constituir la OMS, de la cual será director. En este contexto se da a conocer en Londres, en 1948, el documento “Salud Mental y Ciudadanía Mundial”, en el que participan además de Chisholm y Sullivan, Otto Klineberg y Margaret Mead, entre otros, y donde se expresa que,

“el examen de las instituciones sociales de muchos países muestra que éstas también pueden ser modificadas. Estas posibilidades, recientemente reconocidas, proporcionan fundamentos para mejorar las relaciones humanas, para liberar potencialidades humanas constructivas y para modificar las instituciones sociales en aras del bien común”.

En este marco, como miembro de la comisión preparatoria de la OMS, Gregorio Bermann participa en París, en 1946, de la reunión donde Lacan informa con entusiasmo sobre los aportes del Psicoanálisis al movimiento grupalista y comunitario inglés, con centro en el Northfield Hospital y la Tavistock Clinic. Dos años más tarde, el psiquiatra cordobés escribe el prefacio de la primera traducción al castellano de Los principios elementales de filosofía, de George Politzer, autor por el que se interesa particularmente. Al momento de dar su definición sobre la psiquiatría social, Bermann plantea en laRevista Latinoamericana de Psiquiatría que las enfermedades mentales no pueden entenderse por fuera del conjunto de las condiciones de vida de los hombres. La psiquiatría social es así “el estudio y conocimiento del determinismo social de las enfermedades mentales”.[7]   Es en este marco de la dimensión social de la salud mental, y del compromiso social de los psiquiatras progresistas y comunistas, en donde emergerán en Argentina nuevos sentidos en relación con la institución.

ENRIQUE PICHON RIVIÈRE

De esos mismos años de la inmediata posguerra (1945, 1946) datan las primeras experiencias de Enrique Pichón Rivière en el Hospicio de las Mercedes, las cuales constituyen las huellas mejor identificables del origen de la Psicología Institucional argentina. Experiencias cuyo germen se encuentran en su paso previo por el Asilo Torres, entre 1934 y 1936. De padres franceses, pero nacido circunstancialmente en Ginebra, Enrique Pichon Rivière llega a la Argentina a la edad de tres años. La familia se instala en el interior agreste de las provincias del Chaco y Corrientes, donde el padre intenta sin fortuna llevar adelante emprendimientos agrícolas. Su infancia la termina en la ciudad de Goya –de esa última provincia– para luego trasladarse a Rosario a estudiar Medicina, carrera que finalizará en Buenos Aires una década después. Según él mismo relata –aunque su tendencia a mitificar su propia historia ya ha sido señalada– su interés por el psicoanálisis nace aún antes de iniciar la vida universitaria.[8]  Previo a obtener su título, ejerce ya como interno en clínicas privadas y en el Asilo destinado a pacientes oligofrénicos, en la localidad de Torres de la provincia de Buenos Aires. Al mismo tiempo publica trabajos en revistas especializadas y de arte, y se desempeña como redactor en el diario Crítica. Según su relato autobiográfico, su interés por el Psicoanálisis, al igual que su acercamiento al socialismo, se producen durante la adolescencia. Su interés político se consolidará luego durante su etapa universitaria en Buenos Aires, donde lleva una vida bohemia en el ambiente cultural y político de la ciudad signado por la Guerra Civil española y la presencia de exiliados republicanos, en cuyos comités de apoyo participa. En 1937 se casa con Arminda Aberastury, hermana de Fernando, su compañero de estudios, también interesado en la obra de Freud. A través de él conoce a Arnaldo Rascovsky, médico pediatra nacido en Córdoba y formado en Buenos Aires –e influenciado por la Revolución Rusa, según confiesa– quien había creado un grupo de estudios sobre psicoanálisis, al cual Pichon Rivière se integra.[9]

LA INSTITUCIONALIZACIÓN DEL PSICOANÁLISIS

El núcleo de jóvenes médicos del que participan Rascovsky, Pichon Rivière, Aberastury y otros más, es el que dará lugar a la creación de la Asociación Psicoanalítica en 1942. Ese origen muestra que no hubo en el caso argentino un fundador que luego quedara como progenitor mítico de la corriente; tampoco, algún psicoanalista que se elevara entre sus pares y naturalmente se erigiera en tal posición. Entre los primeros que se interesaron por la obra de Freud, fue Pichón Rivière aquel del cual más seguidores se reclamaron discípulos, y quien se distinguió por la particular impronta conceptual que le imprimió al Psicoanálisis. Pero no puede verse un líder fundacional en quien precisamente definió a ese rol como algo funcional.  Fue un grupo de jóvenes, entre los que se destacan él mismo y Arnaldo Rascovsky, quienes crearon las condiciones para que se institucionalizara el Psicoanálisis en la Argentina. Explica Jorge Balán que fueron ellos quienes impulsaron a Celes Cárcamo y Ángel Garma, ya analistas formados que por entonces residían en Paris, para que instalaran sus consultorios en Buenos Aires, derivándoles pacientes.[10]  La necesidad de contar con analistas didactas para crear la APA, fue lo que llevó a los jóvenes médicos a crearse los progenitores que necesitaban, cosa que hicieron en las figuras de Cárcamo, Garma y también de Marie Langer. Esta última, psicoanalista austríaca, exiliada en Montevideo luego de haber estado con su marido apoyando al gobierno de la República española, se había trasladado a Buenos Aires al momento de la fundación de la APA.

Cuando el Psicoanálisis se institucionaliza en la Argentina, su centro había pasado de Viena a Londres y su lengua oficial se deslizaba del alemán al inglés. Con Freud recién fallecido, la tensión entre los lineamientos teóricos encarnados por ambas ciudades se resuelve ahora a favor de la línea inglesa. Dentro de ella, la orientación representada por Melanie Klein será la de mayor recepción en Argentina.  Un psicoanálisis signado por la impronta disidente del kleinismo, cuya recepción local quedó en manos de jóvenes psiquiatras imbuidos de preocupaciones sociales e ideas socialistas, inscriptos a su vez en los presupuestos de la psiquiatría social y de una salud mental comunitaria, será el marco para el surgimiento de la Psicología Institucional argentina. En el plano de las prácticas, para que en ese contexto emerja una nueva noción de institución, se requerirá además el desembarco de esos psicoanalistas en los hospitales públicos, con la consecuente adopción de técnicas grupales de psicoterapia. Finalmente, lo que al respecto resultará definitorio, será la postulación de una Psicología Social sui generis por parte de Pichon Rivière. Sus ideas al respecto las había desarrollado a partir de un abordaje distinto de los pacientes mentales que llevó adelante en el Asilo Torres entre 1934 y 1936, sin referencias a teorías o técnicas específicas. Tales experiencias parecen haber sido ante todo producto de su espíritu creativo y de una particular sensibilidad respecto del estatuto del paciente.  Lo mismo ocurrió cuando en 1938, ya en el Hospicio de las Mercedes, obtuvo autorización de su director Gonzalo Bosch –según él mismo relata–  para trabajar con técnicas grupales con los enfermeros, de manera de sensibilizarlos respecto del trato con los pacientes y capacitarlos discutiendo los casos que les tocaban atender. En esta ocasión recurrió, según relata, al “encuadre de la escuela de líderes” de la Psicología Social norteamericana.[11] Ahora, ya en los años 1945 y 1946, Pichon Rivière comienza desarrollar los primeros esquemas de lo que serán sus teorías de los grupos operativos y de la psicología social, en los que se harán evidentes la lectura de los trabajos de Daniel Lagache, Kurt Lewin, George Politzer y Paul Schilder. De este último rescata el uso de la terapia de grupos en las instituciones psiquiátricas. Sin embargo, los que él mismo instrumenta son ante todo grupos centrados en la tarea, más cercanos a los que recientemente Bion venía de ensayar en el Northfield Hospital con los soldados que padecían trastornos mentales y caracteriales. En opinión de Salomón Resnik, concurrente del Servicio de Adolescentes que Pichon Rivière había creado y dirigía en el Hospicio, se trataba de un servicio cuya “atmósfera era sumamente estimulante” y donde “se hacía ya gradualmente presente” aquello “que en Francia sería llamado psicoterapia institucional”.[12]  Pero lo que resultaba estimulante para los jóvenes concurrentes, no lo era para varios de los jefes de otros servicios, enrolados en la Psiquiatría tradicional y –según el relato pichoneano– en posturas nacionalistas de derecha. Frente a las fuertes resistencias, y pesar de contar con el apoyo de Gonzalo Bosch, Director del Hospicio, Pichon Rivière opta por renunciar para evitar un conflicto que ya se había trasladado a los pacientes, quienes cerraban círculo en torno suyo.[13]

Ya fuera del hospital público funda al año siguiente, en 1948, el Instituto de Psicología Psicosomática, más conocido como la “Clínica de la calle Copérnico”. Por esa época, aunque preside la APA, sus intereses ya se orientan de manera clara hacia el campo social, y su Clínica se convierte en un centro de desarrollo del grupalismo. Luego, en 1955, junto con José Bleger, David Liberman y Edgardo Rolla, funda el Instituto Argentino de Estudios Sociales (IADES). De esa época data la elaboración ya acabada de sus teorías del vínculo y del grupo operativo. En esta última se releva un pensamiento kleiniano, modificado por las ideas de Lewin sobre la investigación-acción y los training groups, así como por la lectura de Lagache. Los grupos lewinianos –de composición heterogénea y coordinación no directiva– se habían difundido en los EE.UU de los años cincuenta, y habían sido adoptados por Carl Roger y Abraham Maslow, psicólogos humanistas que lo combinan con el existencialismo y el psicoanálisis.[14]  Durante los años sesenta, los grupos rogerianos, con sede en Bethel, tuvieron una considerable difusión y fueron una referencia obligada de las corrientes grupalistas e institucionalistas francesas.

DEL PSICOANÁLISIS A LA PSICOLOGÍA SOCIAL

Las teorías del vínculo y del grupo operativo que Pichon Rivière desarrolla constituyen un basamento importante para lo que luego será la Psicología Institucional argentina. En la noción de áreas de la conducta que él postula se puede observar la vinculación entre ambas teorías. Para Pichon Rivière, la mente, el cuerpo, el mundo externo, son ámbitos o áreas donde se depositan los vínculos y objetos del sujeto, mediante mecanismos psíquicos de internalización y externalización. Esas depositaciones son significantes: expresan el modo en que el sujeto ha intentado resolver los conflictos vinculares (amor-odio, bueno-malo). La conducta general de un sujeto sería así la expresión de la estrategia con la que aprendió a habérselas con el mundo de su primera infancia. Por su parte, la patología sería el costo de una mala resolución, no dialéctica, de esa relación. Pero tal error es rectificable. El aprendizaje erróneo de las estrategias de vida, que se expresa en la enfermedad, es susceptible de corrección mediante un proceso de des-aprendizaje y reaprendizaje, en una nueva relación con el contexto, esta vez dialéctica. El grupo operativo, a la vez pedagógico y terapéutico, se constituye en este sentido como el contexto (área del mundo externo) propicio para que el sujeto corrija su fallida estrategia de depositaciones.  Para que esa operación sea posible, para que el grupo funcione a la manera de un laboratorio real donde la realidad psíquica pueda resignificarse, se requiere de su cuidado –pasivo– por parte de un coordinador asistido por observadores. De esta manera se busca evitar que se establezcan nuevas depositaciones dilemáticas, es decir, no dialécticas. Si el modo de coordinación es pasivo, es porque no se ejerce sobre el grupo, sino que consiste ante todo en el cuidado del encuadre del dispositivo, así como en el señalamiento de losemergentes que ahí ocurrenEstos últimos son elementos significantes que emergen de la latencia grupal, expresando un dilema que remite a uno o más conflictos que no encuentran vías de superación. El señalamiento por parte del coordinador del emergente conflictivo, dispara un nuevo momento de la reunión grupal. Este segundo momento finaliza a su vez con la aparición de otro emergente, que ahora viene a dar cuenta de una vía encontrada para la superación del conflicto en cuestión. De esta forma, no es el coordinador quien actúa y habla, sino lo inconsciente del grupo.

La misma noción de área de la conducta sirve a la vez para hacer más comprensible el pasaje del Psicoanálisis a la Psicología Social que realiza Pichón Rivière, así como el de este último campo al de la Psicología Institucional, que hará Bleger. El grupo, la institución, son ámbitos del mundo externo donde la conducta se expresa de manera significativa, tal como ocurre con la mente y sus trastornos, así como con el cuerpo y sus síntomas. Para cada individuo, un área puede resultar predominante respecto de las otras en la expresión de un conflicto. Pero en rigor “la conducta comprometerá siempre, aunque en grados diferentes, las tres áreas de expresión”. De manera que lo que se percibe en una, se continúa o complementa en las otras. En el área del mundo externo –grupos e instituciones– la conducta individual se expresa “a través de roles; es decir, de funciones sociales”.[15]  Al mismo tiempo, en la dinámica propia del pequeño grupo se desarrolla un proceso cruzado de adjudicación y asunción de roles. En este proceso interviene la ecuación subjetiva de cada integrante, conformada en función de su propia historia y expresada en el rol que intenta jugar en el grupo. El rol que finalmente resulte para cada cual será producto de ese proceso a dos vías (de adjudicación y asunción). Este producto se constituirá como unadramática, determinando la particularidad de cada grupo. En el grupo, entonces, se expresa la conducta individual –dimensión vertical–  y al mismo tiempo ocurre la dinámica grupal –dimensión horizontal–como acontecimiento o drama, también expresivo, significativo. Su definición es la de un “conjunto de personas reunidas por constante de tiempo y espacio y articuladas por su mutua representación interna que se proponen implícita o explícitamente una tarea, la que constituye su finalidad”. En el caso del grupo familiar, la tarea en cuestión es la socialización del sujeto. Su cumplimento adecuado supone la constitución de una subjetividad activa que actúa sobre el medio modificándolo, al tiempo que se ve modificada por éste “en un permanente interjuego dialéctico”.[16]   Cuando esa tarea resulta fallida –y en ello juegan las variables sociales influyendo en el grupo familiar– se configuran en la subjetividad dilemasque entorpecen el interjuego o dialéctica ascendente con el medio. Se establecen así roles estereotipados. La tarea correctora del grupo operativo consistirá entonces en una analítica de esos roles con miras a su des-cristalización. Esto se da a la manera de un laboratorio real, donde la conducta individual volcada en el grupo es tratada por la conducta grupal, es decir por las relaciones vinculares que ahí se dan (de manera coordinada, pues hay coordinación). Lo interesante de esta postulación consiste en que no se trata de grupos de terapia sino de trabajo, en los cuales, haciendo foco en la tarea explícita –producir, estudiar, crear– se busca facilitar su cumplimiento al tiempo que se interviene en el nivel de lo implícito modificando el rol estereotipado del sujeto. De ahí su carácter de laboratorio real. La eficacia lograda en ambas dimensiones –explícita e implícita– redundará a su vez en el plano social, en beneficio de una acción transformadora del mundo.

Aunque en las prácticas de Pichon Rivière la dimensión institucional tuvo una fuerte presencia, sobre todo durante su período asilar, en su producción teórica ella no emerge de manera explícita como un tópico particular. Las veces que sí ocurre, la institución aparece planteada bajo dos aspectos, “como una totalidad y como un grupo”. En el caso del Hospital, la totalidad remite a la estructura y las funciones de la organización, a su objeto, relaciones formales, etc. El segundo aspecto, el grupal, refiere a las vicisitudes de la “pequeña comunidad” conformada por quienes integran el hospital”. Los problemas que se plantean en el grupo humano de la comunidad institucional son efecto de la otra dimensión, la estructural-funcional (totalidad). Tanto el modo organizativo como la naturaleza del objeto del cual la institución se ocupa, la forma de división social del trabajo, etc., son aspectos que determinan efectos tales como la deprivación que sufren los pacientes por el aislamiento institucional, y el contagio de ese fenómeno en el equipo técnico profesional. Estos efectos se constituyen como fantasías inconscientes de la institución. Su solución requiere de arreglos en la estructura organizativa y comunicacional. Pero su existencia en la latencia grupal-institucional requiere de su tratamiento específico en ese nivel, a través de la técnica del grupo operativo. Al mismo tiempo, en el grupo ocurre la dinámica propia de su dimensión, con sus conflictos inherentes, no necesariamente ligados a la dimensión institucional. En estas formulaciones se observa la impronta las investigaciones institucionales de Elliot Jaques, el psicoanalista británico cuyo trabajo sobre Los sistemas sociales como defensa contra las ansiedades persecutoria y depresivaPichon Rivière cita a poco de su publicación en inglés por la editorial de la Tavistock Clinic.[17]

La Psicología Social pichoneana se detiene en el punto en que podría devenir en una Psicología Institucional. Todos los elementos están dados ahí. Él lee en las primeras ediciones en inglés y francés a los autores que por la época están tratando la cuestión: el Sartre de la Crítica de la razón dialéctica, la apropiación que de ese texto hace Lapassade en Grupos, organizaciones e instituciones, los primeros trabajos de Jaques, así como los estudios norteamericanos sobre la institución.  Sin embargo será su amigo y discípulo José Bleger quien bajo su inspiración avanzará sobre ese punto de detención, momento que cabe ubicar en la postulación del grupo como área de expresión de la conducta. Pero no solamente como lugar de expresión, sino también de elaboración, de tratamiento con miras a superar los impassesdialécticos. Un paso más allá, los efectos de superación que se producen mediante la técnica de los grupos operativos están llamados a impactar en el medio en el marco de una propuesta de “cambio social planificado”. Ubicado el grupo dentro de la institución, tal como Pichón hace, solo faltaba hacer referencia a un cambio institucional, y al análisis de  la institución como tarea del grupo, para arribar a una psicología social-institucional. Tal vez no se trate más que de una cuestión de palabras y haya que ver en Pichon Rivière al creador del institucionalismo en la Argentina.   

JOSÉ BLEGER

En 1932 Gregorio Bermann había fundado en Córdoba el Instituto Neuropático, institución a la cual hacia fines de la década siguiente se aproxima el joven médico José Bleger, quien por entonces reside y ejerce en la vecina provincia de Santiago del Estero. Hijo de inmigrantes rusos radicados en el interior de la provincia de Santa Fe, Bleger cursa sus estudios secundarios y luego los de Medicina en la ciudad de Rosario, al tiempo que en el marco de la Segunda Guerra comienza una militancia antifascista en el Centro Juvenil Peretz, de filiación judía –al cual llegará a presidir– para luego afiliarse al Partido Comunista.  Al recibirse en la Universidad del Litoral se integra a la Cátedra de Clemente Álvarez, médico de orientación comunitaria, inserto en el movimiento de higiene mental. Sus filiaciones políticas le impiden conseguir un puesto en el hospital público, así como obtener su pasaporte para hacerse cargo de una beca en París, otorgada por el gobierno francés. El Peronismo de la época no comulgaba con el Comunismo, aunque supo ganar para sus filas a varios militantes e intelectuales de esa corriente y de otras de la izquierda argentina. Bleger se traslada entonces con su flamante esposa, también médica, a la ciudad de La Banda (Santiago del Estero) y comienza su contacto con Bermann viajando periódicamente a Córdoba. Además de ejercer ahí como psiquiatra, se integra al equipo de la Revista Latinoamericana de Psiquiatría, fundada por el médico cordobés. Aprovecha también su biblioteca para nutrirse de las ideas de los psiquiatras franceses, muchos de ellos cercanos o afiliados al PCF[18], y también seguramente del pensamiento de George Politzer, a quien su mentor acababa de traducir. Para formarse como psicoanalista comienza a viajar a Buenos Aires, tomando como didacta a Pichon Rivière, de quien, al igual que tantos otros, se reconocerá como discípulo. En 1954, luego de ser admitido como candidato en la APA, Bleger se instala en Buenos Aires y comienza a trabajar en la “Clínica de la calle Oro”, con psicoanalistas como el propio Pichón Rivière y Alberto Fontana.[19]

Es José Bleger quien acuña el término de psicología institucional. La primera referencia que tenemos de su uso es la del seminario de esa especialidad que dicta en 1964 en la Carrera de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.  El término en cuestión es sin duda tributario de los desarrollos de Elliot Jaques. “Entre los antecedentes fundamentales en que nos basamos se encuentran las contribuciones de Enrique Pichon Rivière y Elliot Jaques, hacia quienes debemos dejar constancia de nuestra gratitud por la obra en este sentido realizada”.[20]  El primero de ellos ya había hecho referencias en 1958 a la aplicación del psicoanálisis para el estudio de las instituciones, citando los trabajos de Jaques, aunque sin mención expresa del término aquí en cuestión.

Puede decirse que el modelo conceptual de la psicología institucional de Bleger es ante todo pichoniano y, en segundo lugar, tributario de las ideas de Jaques. Pero por detrás de estas inspiraciones hay una fuerte presencia de los textos psicológicos de Politzer, sobre quien Bleger había escrito una década antes. De él toma la propuesta de un psicoanálisis depurado de la “vida interior”, y a la vez compatible con los lineamientos del materialismo dialéctico.[21]  El proyecto inacabado del filósofo húngaro de crear una psicología concreta, rescatando del Psicoanálisis el mecanismo de la producción de sueños, de la Gestalt la noción de totalidad, y del Behaviorismo el carácter observable de la conducta, resultaba además consecuente con las formulaciones pichonianas.  Pues en éstas últimas, el Psicoanálisis, además de combinarse con el materialismo dialéctico, lo hace con la teoría del campo de inspiración gestáltica, y con el Neoconductismo de Mead reelaborado como interaccionismo simbólico por sus seguidores.

LA DRAMÁTICA POLITZERIANA

La postulación politzeriana de un psicoanálisis cuyo objeto de estudio no reside en las vicisitudes de la “vida interior” –instintos, huellas mnémicas, objetos inconscientes...–  sino en “los hechos concretos de la vida humana”, va a constituir una base propicia para la creación de una psicología cuyo objeto es la institución. Aunque para Bleger no se trata de negar la existencia de la vida interior –tal como lo hacen el conductismo norteamericano y la reflexología rusa– sino de desmitificar su carácter de “segunda naturaleza” sobreimpresa sobre la naturaleza biológica y “distinta a la de la vida real y cotidiana”[22]. Para él, el problema con la vida interior entronizada por el Psicoanálisis, producto de la época y de la ideología “idealista” de Freud, es que posee el estatuto de una “institución” que sirve de fundamento a la alienación social.[23]  Sostiene que el padre del Psicoanálisis al elaborar su teoría traiciona a su propia práctica, pues a su concepción idealista del hombre “no la deduce de los hechos aportados por él mismo”, sino que es producto de sus implicaciones  ideologías y científicas.[24]  Sin embargo, el destronamiento de la vida interior no significa su negación, sino su reubicación en lo concreto. Es decir, su consideración como realidad producida por múltiples determinaciones, pues ella no es una causa primaria, sino un efecto de. La vida interior, si existe, es “como experiencia y no como cosa”.[25]

Aquello que corresponde ubicar como objeto de la Psicología, en el lugar de esa vida interior, es el drama, entendiendo por tal algo tan sencillo como los hechos concretos de la vida humana. “El objeto de la psicología está dado, entonces, por el conjunto de los hechos considerados en su relación con el individuo”, los cuales están sometidos a un determinismo que el psicólogo debe conocer.[26]  Ahora bien, la noción de drama no excluye la tarea interpretativa del psicólogo, pues la significación forma parte de la vida cotidiana. “En la vida real, todo acontecimiento es un hecho significativo. Vemos y vivimos el significado de las cosas y de los sucesos humanos”. Para Bleger, sentido y drama son dos conceptos claves que Politzer se prometió precisar con mayor rigor, hecho que quedó pendiente cuando el filósofo húngaro-francés abandona su proyecto en un gesto consecuente con la condena del PC ruso al Psicoanálisis. La ventaja de esos conceptos clave, y su particularidad, residen en que “orientan y centran la investigación en los seres humanos concretos”, entendiendo por ello al ser humano tal como es en su vida corriente, y según las condiciones sociales en que se desarrolla su vida.[27]

La dramática no es entonces un “contenido especial”, tampoco “una realidad aparte o sui generis, sino la vida humana misma, tal como existe en la experiencia y la vida ordinaria”. A su vez, “la psicología es el conocimiento sistemático y científico de la misma”. En este sentido sostiene que el aporte esencial y correcto del Psicoanálisis “ha sido la puesta en evidencia del ‘contenido latente’, el hecho de que toda la actividad humana tiene un sentido dramático concreto”; sentido que no siempre es “el motivo aparente invocado por el individuo para justificar o explicar su comportamiento”.[28]  Si el término dedrama es extraño a la obra freudiana, no lo es la noción en él implicada. Pues considera que en rigor el Psicoanálisis “estudia la estructura, desarrollo y organización de la personalidad en función de la experiencia humana con otros hombres”. Para Bleger, ese estudio trata sobre el modo en que los hechos de la vida real cristalizan en personalidad, hechos que fueron caracterizados por Politzer como drama. En este sentido “la dramática devuelve a la psicología el contenido humano de la personalidad, de la actividad y de las relaciones interpersonales”.[29]

En resumen, Bleger está construyendo una psicología a la manera de un psicoanálisis del afuera, donde no se rechaza la noción de inconsciente, sino su cosificación como realidad interior. En su Psicología, la interioridad es un efecto de los hechos concretos vividos por el sujeto en sus relaciones con otros. Si esa psicología es psicoanalítica, es porque la conducta no es un fenómeno transparente, sino producto de procesos de interiorización y exteriorización, cuyos mecanismos son los postulados por Freud a propósito de la producción de los sueños. Esos procesos son desconocidos para el sujeto que los vive, tanto como lo son los procesos fisiológicos de su cuerpo. La conducta humana no es entonces ni mecánica ni evidente a simple luz, pero sí es concreta, por ser efecto de múltiples determinaciones. A la vez, resulta observable y expresiva, en el sentido de ser portadora de significados que requieren ser interpretados.     

El método analítico establecido por Freud se basa en dos reglas fundamentales: libre asociación del analizando (paciente) y abstinencia del analizante (psicoanalista). Pero Bleger considera que se puede prescindir de la primera, en la medida en que “una mayor experiencia nos permite observar mejor y considerar significativa toda manifestación”. Con lo cual es posible sustituir la libre asociación por el “método de observación y comprensión de la continuidad del comportamiento” en las distintas áreas. Si se acepta que para realizar una investigación clínica no es imprescindible la asociación libre, se abre entonces el campo para aplicar el método clínico a distintas situaciones de la realidad cotidiana, tales como “los grupos, las instituciones y la comunidad”. Pues “el psicoanálisis no se limita exclusivamente al relato que pueda hacer el paciente sino a todas sus manifestaciones”, tales como la forma y el afecto con que se expresa un relato, los recursos lingüísticos empleados, la actitud corporal y toda otra conducta observable.[30]

EQUIPARACIÓN DE LAS ÁREAS DE LA CONDUCTA

En este punto, y con miras a la construcción de una psicología institucional, cobra importancia la reelaboración que Bleger hace de las áreas de expresión de la conducta postuladas por Pichon Rivière. Al aporte que él mismo realiza lo denomina “principio de equiparación de las áreas de la conducta”, según el cual “ninguna de ellas es privilegiada, en el sentido de que ninguna de ellas explica ni fundamenta las otras” (Bleger, 1965: 248). Lo que busca con este principio es desestimar “el mentalismo” propio la Psicología tradicional –que contagió también al Psicoanálisis–  según el cual los fenómenos del área de la mente constituyen un hecho originario, de los cuales deriva la significación de la conducta de las otras dos áreas.  Según este supuesto, aquello que el individuo padece como síntoma en el cuerpo y vive como destino trágico en la vida, posee su causa en la mente. Ejemplo del privilegio que recibe el área uno, mental, es el mecanismo freudiano de conversión, según el cual lo psíquico se convierte en somático, como si todo fenómeno psíquico –dice Bleger– no fuera siempre y al mismo tiempo también somático, por el simple hecho de ocurrir en un cuerpo humano.

“Lo que realmente ocurre en el fenómeno estudiado como conversión es una alternancia de áreas de expresión del comportamiento: una emoción o un conflicto puede aparecer o manifestarse en el área uno y dos al mismo tiempo, o sucesivamente en una y otra”.

Otra manifestación del mentalismo se observa cuando se define al esquema corporal como una representación mental del cuerpo, “cuando en realidad la organización psicológica del cuerpo es inseparable del espacio, del tiempo y de las relaciones interpersonales”. Nuestro cuerpo está socialmente instituido. Por oposición a este  privilegio otorgado al área uno, aquello que postula con su principio de equiparación de la áreas es que “ninguno de los fenómenos es causa del otro y que ambos son fenómenos originalmente psicológicos del mismo valor y sentido”. Los fenómenos de las tres áreas son siempre y al mismo tiempo psicológicos, biológicos y sociales.[31]

DE LA PSICOLOGÍA SOCIAL A LA PSICOLOGÍA INSTITUCIONAL

En 1962 Bleger dicta un Seminario de Higiene Mental en la Carrera de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Dos años después dicta otro sobre Psicología Institucional como continuidad del anterior, momento que puede calificarse de inaugural para este campo. Continuidad natural, pues entiende que las instituciones son un ámbito más que propicio para la aplicación de los principios del higienismo mental. Pero el pasaje al institucionalismo requiere de un doble movimiento: de la psicoterapia a la psicohigiene y del abordaje individual al social. Estos movimientos demandan a su vez la doble tarea de desarrollar el modelo conceptual de la Psicología Institucional, y las estrategias de trabajo en ese ámbito. Para Bleger, la noción de ámbito no debe confundirse con la de modelo. La primera remite a un segmento de la realidad, la segunda refiere al desarrollo de conceptos teóricos que den cuenta de los fenómenos propios de cada segmento. La diferencia entre psicología individual y psicología social no reside entonces en el ámbito, sino en el modelo conceptual con que se trabaja. Bien podría suceder que se estudie un ámbito con el modelo de otro. Tal cosa es lo que ocurre cuando se comete el error –bastante común– de estudiar los ámbitos colectivos con el modelo de la psicología individual, lo cual es producto de otro error, consistente en concebir a las formas colectivas como agregados de individuos.

De las dos tareas requeridas para la construcción de una Psicología Institucional –desarrollo del modelo conceptual y de las estrategias de trabajo– Bleger comienza por la segunda. Por su formación psicoanalítica sabe que la eficacia de un análisis reside ante todo en el respeto del dispositivo analítico y de sus reglas, vale decir en aquello que denomina “encuadre”. Consecuente con ello, establece un largo listado de reglas técnicas donde el acento cae sobre las características del contrato y la relación con la institución (1966: 68-73). Con sus reglas de método Bleger busca ante todo dejar claro el deslinde del ámbito institucional antes de comenzar la construcción de su modelo conceptual. De esta manera se evita la infiltración en el nuevo ámbito del modelo conceptual imperante en la formación de los psicólogos: la clínica individual. Nada más sencillo para un psicólogo que encontrar en la institución situaciones donde aplicar criterios propios de la terapéutica del sujeto. Pero nada más improcedente. Pues los conflictos, ansiedades y ambivalencias afectivas que se encuentran en el nivel de las relaciones vinculares, en el nivel psicológico de la institución, suelen despertarse como efecto de fallas en el nivel estructural, sociológico. Si la institución deviene familia, según la feliz fórmula de Gerard Mendel, es porque ha fallado el clivaje que separa lo psicofamiliar de lo psicosocial.[32]  Una confusión equivalente se produciría si se abordara el ámbito institucional con el solo recurso de la psicología del ámbito grupal. Los mejores resultados que podrían producirse, restableciendo por ejemplo una armonía en las relaciones grupales, se verían comprometidos en cualquier momento si no se superaran las situaciones estructurales, institucionales, que impedían tal armonía. 

 LA PSICOLOGÍA DE LAS INSTITUCIONES

En consecuencia, al momento de construir el modelo conceptual de la Psicología Institucional, Bleger propone dos dimensiones a estudiar respecto de la institución, de manera similar a las planteadas por Pichon Rivière (1958) en las pocas oportunidades en que se ocupa de la institución de manera explícita. Las dimensiones ahora propuestas son por un lado la estructura y dinámica institucional, y por el otro los fenómenos psicológicos que en ella ocurren. Vale decir que la institución es un hecho social donde ocurren hechos psicológicos. En consecuencia, la Psicología Institucional debe valerse, por un lado, de los conocimientos que brinda la sociología de las organizaciones; también deben conocerse las particularidades de la institución en la que se interviene: sus objetivos, historia, tipo de relaciones existentes, etc. Por otro lado, el psicólogo institucional debe centrar su práctica en la actividad humana que se realiza en la institución, y en sus efectos en quienes la realizan. Pues “por psicología de las instituciones se entiende el estudio de los factores psicológicos que se hallan en juego en la institución”. Estos factores, que existen ahí “por el mero hecho de la mediación imprescindible del ser humano para que dichas instituciones existan”, son las fantasías inconscientes de la institución, las ambigüedadesvinculares y valorativas (amor-odio, bueno-malo), sus objetivos implícitos, etc. Estos últimos vienen a representar el contenido latente de la institución, por oposición al contenido manifiesto que se explicita en sus objetivos y funciones oficiales. Entre ambos objetivos puede haber disociación y aun contradicción, tal como ocurre en las instituciones de enfermos mentales donde se explicitan objetivos de cura, pero implícitamente se aliena a las personas internadas.[33]

En su dimensión psicológica las instituciones son “precipitados de relaciones humanas”. La fantasmática de cada una de ellas estará en relación con la naturaleza de esas relaciones, pero también según sea el objeto que ahí se trabaja. Pues las instituciones “tienden a adoptar la misma estructura de los problemas que tienen que enfrentar”. Así “el asilo tiene en su organización la misma alienación que sus pacientes”: empobrecimiento social, deprivación, cosificación, tal como lo planteara Pichón Rivière. Otro fenómeno que suele ocurrir en esta dimensión es la traslación de las tensiones de un sector a otro, con una tendencia que va desde los estratos superiores a los inferiores.[34] Si en su dimensión sociológica las instituciones, además de cumplir funciones sociales, representan para los individuos un espacio de “inserción social o pertenencia”, en su dimensión psicológica resultan depositarias de parte de su personalidad. “Cada individuo tiene comprometida su personalidad en las instituciones sociales”, porque encuentra en ellas “un apoyo, un elemento de seguridad, de identidad”. No solo una parte de la subjetividad está volcada en la institución, sino también parte de la institución lo está en la subjetividad, por ejemplo, en el esquema corporal del individuo. Cuando se trata de una personalidad en sí misma poco integrada, la participación en ella de la institución determinará mayores grados de dependencia subjetiva. Con lo cual, la institución, como “instrumento de regulación y de equilibrio de la personalidad”, devendrá en colonizadora de la individualidad.

En este punto Bleger retoma las formulaciones de Jaques, para quien la institución opera como un mecanismo de defensa contra las ansiedades más tempranas. Así, una parte de las defensas de la personalidad se encuentran depositadas y cristalizadas en la institución, convirtiéndose ésta en “un sistema externo de control de las mismas ansiedades”. De retorno, en la medida en que en la institución imperan la rigidez y el formalismo burocrático, estos modos se incorporan en las personas como mecanismo subjetivo para el control de las ansiedades. Al adoptarlos, la rigidez institucional deviene en fuente “de empobrecimiento y estereotipia del ser humano”.[35]  De esta manera se revelan los efectos nocivos de la burocratización, se los observa en la constitución de grupos “estereotipados o formalizados”. La rigidez de estos grupos, efecto de institución, se produce en la medida en que en ellos prima una subjetividad poco integrada, carencia que es una resultante de las subjetividades individuales. Esto último es lo propio de los grupos que Bleger denomina “primarios”, por su aproximación a la institución familiar. Por oposición, están los “grupos secundarios”, en los que interviene “el nivel más maduro de la personalidad” y donde puede consolidarse y enriquecerse la “diferenciación e identidad de sus miembros”. En el grupo primario predominan las identificaciones masivas y la “participación”, con lo cual se complica el mantenimiento de roles diferenciados y funciones discriminadas.[36]  Al término de participación Bleger lo toma de los trabajos de Lévy-Brhül sobre la mentalidad primitiva y sus fenómenos de animismo y pensamiento mágico. Con ese término busca dar cuenta de la falta de discriminación entre el sujeto y el objeto, entre la persona y la institución, que se verifica cuando se es la institución. Se trata de un fenómeno que encuentra de igual naturaleza a los postulados por el antropólogo francés en las sociedades dichasprimitivas, a los cuales él mismo denomina “sincretismo primitivo”. El sincretismo, tanto en la perspectiva ontogenética como filogenética “es un estado de indiferenciación o indiscriminación entre sujeto y objeto, que sólo evoluciona en el desarrollo por un incremento de la experiencia social del individuo”.[37]  Su presencia en la institución vendría a dar cuenta de aquello que Lourau caracterizó luego como sobreimplicación afectiva.[38]  Pues para Bleger, en las instituciones suele observarse una continuidad del sincretismo familiar bajo la forma de los grupos primarios “de pertenencia fuerte, pero como un grupo de tarea muy débil”, sobrecargados de afectividad y susceptibles por lo tanto de conflictividad emocional. Son las ambigüedades emotivas que esto implica lo que suele resolverse mediante compensaciones reactivas como la burocratización y el formalismo. A su vez esto deriva en la segmentación de la comunidad institucional en grupos separados y antagónicos.[39]

Es en este punto donde las formulaciones de Bleger sobre Psicología Institucional hechas en 1966 alcanzan originalidad y profundidad. Lo hacen a través de conceptualizaciones que serán retomadas y ampliadas en Simbiosis y ambigüedad de 1967 y, por lo que toca más específicamente a la institución, enEl grupo como institución y el grupo en las instituciones de 1970La personalidad sincrética, indiferenciada, que es trasfondo de la personalidad individual, lo es también de la institución. En el plano individual, para que se configure la subjetividad debe mantenerse separado el sincretismo originario, pues en éste no se es individuo sino grupo. En el origen se es grupo. Luego, mediante el proceso de individuación, emerge la propia personalidad sobre fondo de ese sincretismo que requiere de clivaje. La personalidad indiferenciada del sincretismo primario se origina en la familia, ésta es su lugar de residencia y donde posee derecho de existencia. Por fuera de ella, en las instituciones secundarias, se requiere su clivaje, su separación radical. Pero con ello el sincretismo no sucumbe, sino que permanece siempre pronto a emerger, pues constituye la masa primaria, subyacente, latente, de los grupos secundarios y de la institución. Su emergencia suele ocurrir en situaciones de crisis o cuando existen tensiones irresueltas, ocasiones éstas en que la institución se repliega en el grupo primario. En oportunidades, ese movimiento puede resultar provechoso, por los montos de cohesión y pertenencia que genera, pero es también y ante todo desencadenante de confusiones, ambigüedades y conflictividad. La misma regresión ocurre cuando en las instituciones existe déficit de información, lo que suele sustituirse con fantasías, cuyo sustrato es sincrético.

Ahora bien, más allá de estas situaciones, el hecho institucional mismo implica siempre una tendencia a la estabilización, la estereotipia y la monotonía. Esta tendencia es inherente al principio económico que lo rige, cuya razón de ser se encuentra en la necesaria previsibilidad, la disminución del riesgo, la objetivación de las prácticas y todo aquello inherente a la dimensión de lo instituido, sin lo cual la institución no permanecería, no duraría, como institución. Por lo mismo, ella implica el costo de un “continuo y reiterado empobrecimiento de las relaciones interpersonales”.  Con estas palabras Bleger se está refiriendo al fenómeno de institucionalización ya estudiado por Leonard Mack, David Martin y Erving Goffman.[40]  A este fenómeno lo encuentra similar a lo que en 1958 “Betthelheim y Sylvester llaman institucionalismo psicológico”, definido en el campo de la salud como “hospitalismo” y en términos más generales como “burocratización”. En el límite, estos fenómenos suponen el afianzamiento de la alienación del sujeto, su empobrecimiento, “el vaciamiento de la condición humana”. Porque las instituciones no solo funcionan como sistemas externos de control y defensa de las ansiedades psicóticas, sino que en algún grado alienan “las fuerzas de los seres humanos” con las cuales ellas funcionan. Para Bleger, lo que comúnmente se llama adaptación implica el sometimiento a la estereotipia institucional, hecho reforzado por la aceptación del mando estratificado, con el consecuente empobrecimiento del yo señalado por Freud a propósito de la relación de la masa con su líder.  Sobre base de este trasfondo en cada institución se revela un “grado de dinámica” particular, determinado por la capacidad de explicitar, manejar y resolver los conflictos dentro del propio marco. A menor dinamismo habrá mayor grado de “estereotipia”, pues ésta es el modo con el cual la institución se defiende ante el conflicto, recluyéndose en el formalismo de los roles y las funciones instituidas, esperando encontrar en la burocratización la solución para situaciones dilemáticas cuyo sustrato es en rigor de naturaleza vincular.[41]

En este punto se revaloriza la preocupación de Bleger por la cuestión del encuadre de la práctica psico-institucional. Pues la naturaleza de estos procesos suscitará no poco problemas al momento de una intervención. Por un lado se despertarán fenómenos del mismo tipo que la Psicología clínica ya ha estudiado. Por ejemplo, el hecho que los motivos por los que se demanda una intervención no constituyan el verdadero problema que afronta la institución, el cual se oculta por detrás de esa demanda. También, la emergencia de las conocidas resistencias al análisis, comenzando por las de quienes han solicitado la presencia de los analistas. Se plantearán además los problemas inherentes a las implicaciones, identificaciones y rechazos de los intervinientes respecto de la institución, los que deberán ser tenidos en cuenta al momento de aceptar un encargo. Inmerso en un campo que lo implica, el psicólogo debe orientar su intervención, no a interpretar o resolver problemas, sino a incrementar el grado de dinámica de la institución, de modo que en ella el conflicto se pueda arbitrar con medios propios. Conflicto que no suele presentarse como tal, sino ante todo como “ambigüedad”, como coexistencia de valoraciones y afectos positivos y negativos. Así, la intervención psicológica deberá colaborar para su transformación en conflicto, para que luego se constituya como “problema”. Cuanto menor sea el grado de dinámica en una institución, mayor será el ataque que sufrirá el encuadre con que trabajan los psicólogos. De aquí también la prioridad que Bleger le asigna a  la cuestión del encuadre, más aún si se considera que el equipo de psicólogos fungirá “como catalizador o depositario de conflictos”.[42]

CONCLUSIÓN

La Psicología Institucional argentina surge entonces como consecuencia de un proceso social histórico donde, por un lado, el paciente mental comienza a adquirir consideración social y ciudadanía. Al mismo tiempo, se comienza a reconocer en la génesis de los padecimientos psíquicos la incidencia de variables de entorno, ambientales. Por otro lado, las instituciones en general, y las psiquiátricas en particular, son puestas en tela de juicio en un contexto sensibilizado por la Guerra Civil española y la inmediata Segunda Guerra Mundial, en la cual emerge la siniestra realidad institucional de la experiencia concentracionaria nazi. Es este contexto donde emergen  nuevos sentidos en relación con la institución.

Por lo que toca a la Argentina, cuya participación en este proceso fue más activa que receptiva, estas preocupaciones son asumidas por médicos psiquiatras de tradición humanística y social, varios de ellos enrolados en posiciones de izquierda. Esta generación de profesionales, ante todo psicoanalistas, hace su desembarco en el Hospital Público, lugar en el que establecen dispositivos grupales de atención terapéutica. En este marco social-institucional se destaca la figura de Enrique Pichon Rivière y la particular concepción de la Psicología Social que desarrolla. Su discípulo y amigo, José Bleger será quien retome esas postulaciones para hacer de ellas una Psicología Institucional, en combinación con los principios de la Psicología Concreta de Georges Politzer y las formulaciones psicoanalíticas de cuño kleiniano de Elliot Jaques sobre las relaciones entre psiquismo e institución.

De esta manera cobra forma una psicología social-institucional, a la vez psicoanalítica y materialista, en donde la institución se divide en una dimensión sociológica y otra psicológica, ambas merecedoras de análisis según las respectivas disciplinas. Pero a la vez, ambas dimensiones se encuentran –y este es el aporte original, inventivo, de Bleger­– en los conceptos de simbiosis originaria ypersonalidad sincrética. La materia sobre la que se establecen la subjetividad personal, y la subjetividad colectiva que permite que exista institución, es la misma. Es sobre fondo de una indistinción sujeto-objeto que ambas subjetividades se dan, trasfondo sin el cual ninguna de ellas existiría. La base de la subjetividad es una, sea cual fuere el ámbito, individual o colectivo, donde ella ocurra. Sin simbiosis no hay ni sujeto ni institución, pero con ella tampoco. El sincretismo de la simbiosis debe estar pero sin hacerse presente. Debe estar clivado. Por lo que toca a la institución, su emergencia provoca en sus actores un sinnúmero de situaciones confusas, ambiguas, dilemáticas, que no pueden resolver porque en el sincretismo de la simbiosis no se sabe quién se es ni dónde se está. De ahí la necesidad de una intervención externa, hecha por sobre todo con recurso de una teoría y de un arte de la intervención, muñido de sus reglas del buen arte, que Bleger prioriza.

 

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[1] Varela, Cristián “El análisis institucional en la modernidad tardía. La relación social como intervención institucional”, en M. J. Acevedo y C. R. Díaz (comp.) Veinte miradas institucionales. Buenos Aires: Teorías y Técnicas en Psicosociología Clínica, 2009. ISBN 987-987-25242-0-3, pp. 40-60.

[2] Deleuze Giles, “Posdata sobre las sociedades de control”, en Christian Ferrer (comp.) El lenguaje libertario, Tº 2. Montevideo: Nordan 1991 [1990].

[3] Ardoino, Jacques, “Prefacio. El deseo y la institución”, en G. Lapassade, Socioanálisis y potencial humano.Barcelona: Gedisa, 1980 [1975].

[4] Pichon Rivière, Eduardo Enrique Kraft, Mauricio Goldenberg….

[5] Dagfal, Alejandro, Entre París y Buenos Aires. Buenos Aires: Paidós, 2009.  Para el caso vale como ejemplo el título del trabajo de Arturo Ameghino “Higiene mental. La acción del Estado en el mejoramiento de la raza”, aparecido en laRevista de CriminologíaPsiquiatría y Medicina Legal, donde se asocia la degeneración de la raza con la inmigración, y se aboga por la reclusión institucional del alienado mental (XXII, pág. 146).

[6] Citado por Dagfal, op. cit., pp. 74-78.

[7] Idem, p. 83.

[8]  Pichón Rivière, Enrique, El Proceso Grupal I. Buenos Aires: Nueva Visión, 1980 [1971], p. 9.

[9] Rascovsky, Arnaldo, Esquema autobiográfico, Revista de Psicoanálisis, APA, T. XXXI, Nº 1/2, 1974.

[10] Balán, Jorge, Cuéntame tu vida. Buenos Aires: Planeta, 1991.

[11] Pichon Rivière, op. cit.

[12] Citado por Dagfal, op. cit., pp. 153-154.

[13] Zito Lema, Vicente, Entrevista con Pichón Rivière. Buenos Aires: Timmerman, 1976.

[14] Dagfal, op. cit., p. 288.

[15] Pichon Rivière, op. cit., p. 178; y Pichon Rivière, Enrique, “Aplicaciones de la psicoterapia de grupo”, Primer Congreso Latinoamericano de Psicoterapia de Grupo. Buenos Aires: Actas. 1958, p. 421.

[16] Op. cit., 1980 [1971], p. 188.

[17] Pichón Rivière, op. cit. 1958, pp. 425, 426.

[18] Lucien Bonnafe, Sven Follin, George Daumézon, Louis Le Guillant, Paul Sivadon, etc. 

[19] Dagfal, op. cit. pp. 86-91.

[20] Bleger, José, Psicohigiene y psicología institucional. Buenos Aires: Paidós, 1966, p. 45.

[21] Bleger, José, “Georges Politzer. La psicología y el psicoanálisis”, en Psicoanálisis y dialéctica materialista. Buenos Aires: Paidós, 1958 [1955].

[22] Bleger, José, “Apéndice”, en G. Politzer Psicología Concreta. Buenos Aires: Jorge Álvarez, 1965, p. 238.

[23] “Así como un sistema religioso revela una trasposición al plano de la fantasía de una realidad social concreta, creándose otro mundo proyectado en el cielo, de igual manera la vida concreta y particular del sujeto es llevada, por medio de la transposición, a engendrar una realidad espiritual, como segunda naturaleza, como esencia distinta y aparte del mundo real y concreto” (Bleger, José, Psicoanálisis y dialéctica materialista. Buenos Aires: Paidós, 1958, p. 43).

[24] Op. cit., 1958, p. 24.

[25] Op. cit., 1965, p. 238.

[26] Op. cit., 1958, p. 39.

[27] Bleger, José, “Apéndice”, en G. Politzer, Crítica de los fundamentos de la Psicología: el psicoanálisis. Buenos Aires: Jorge Álvarez, 1966 b, p. 260.

[28] Op. cit., 1965, p. 241, 32.

[29] Id., 1965, p. 242, 267.

[30] Op. cit., 1966 b, p. 251, 247.

[31] Id. p. 248-252.

[32] Mendel, Gerard (1993[1992]) La sociedad no es una familia. Buenos Aires: Paidós.

[33] Op. cit., 1966 pp. 79, 58-59.

[34] Id., pp. 80, 90.

[35] Id. p. 80.

[36] Id. p. 86.

[37] Op. cit., 1966 b, p. 267.

[38] Lourau, René, « Implication et surimplication », La revue du Mauss, no 10, 1990.

[39] Op. cit., 1966, p. 86.

[40] Mack, Leonard John, “The Treatment of Institutionalized Defective Delinquents”, The Prison Journal, Oct 1954; vol. 34: pp. 21-26; Martin, David V., “Institutionnalisation”, en Lancet, ii, 1955, p. 1188; Goffman, Erwin  “The Characteristics of Total Institutions”, Symposium on Preventive and Social Psychiatry, US Gov. Printing Office, Washington DC, 1958.

[41]  Op cit. 1966, p. 75, 78.

[42] Id., pp. 72, 78, 76.

 

David V., “Institutionnalisation”, en Lancet, ii, 1955, p. 1188; Goffman, Erwin  “The Characteristics of Total Institutions”, Symposium on Preventive and Social Psychiatry, US Gov. Printing Office, Washington DC, 1958.

 

[41]  Op cit. 1966, p. 75, 78.

[42] Id., pp. 72, 78, 76.

 

 

 

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23:09hs, 2 de Octubre de 2014 (GMT)