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Como citar este texto
Varela, Cristián, "L’analyseur argent",  in Les Cahiers de l’implication. Ed. Université de París VIII, 5, enero , 2002. Versión en castellano disponible desde:
http://www.cristianvarela.com.ar/textos/analisis-institucional-y-posmodernidad


 

Perfume de dinero

Cristián Varela

Para ensayar el personaje ciego de Perfume de mujer, Al Pacino se inventa un método: caminar con los ojos abiertos al máximo, abarcando a la vez el piso, el techo y las paredes laterales. Descubre que el efecto que produce intentar ver todo a la vez es similar al de la ceguera. Cuando caminamos, más allá de dirigir nuestra mirada acá o allá de manera casual o intencional, nuestra visión actúa de manera automática captando señales que, aún antes de orientar nuestro rumbo, componen la marcha misma. El andar torpe, vacilante, descompuesto, que logra Gassman es producto de inhibir la captación de esas señales particulares por vía de forzar al sistema óptico a verlo todo.

Normalmente, dichas señales son deducidas por nuestro sistema óptico del conjunto de elementos presentes en el campo de la visión. Esas señales  seleccionadas  actúan como estímulos que provocan los reflejos condicionados que componen la marcha. “Esto es posible porque el sistema nervioso central posee un mecanismo definido analizador, con ayuda del cuál él selecciona de la totalidad de un complejo aquellas unidades elementales que tienen significación...”[1]

Esta formulación del concepto de analizador como función deductiva de elementos significativos, hecha por Pavlov en 1929, es recuperada en los años ´50 por los psiquiatras que dan origen en Francia a la corriente de la Psicoterapia Institucional. La transducción del concepto de un campo teórico al otro se opera por vía de un grupo de psiquiatras cercanos al Partido Comunista, que por la época intenta desarrollar  una psicología concreta. Al mismo tiempo, parte de ese grupo participan de las experiencias institucionalistas que se llevan adelante en el hospicio de Saint Alban. 

En la versión  de la corriente de la  Psicoterapia Institucional el analizador pasa a ser aquel “acontecimiento o estructura susceptible de enunciar las contradicciones de la institución”[2]. Por ejemplo son analizadores las normas del hospicio que establecen prerrogativas distintas para internos y personal; lo son en la medida que enuncian una contradicción: la institución que pretende desalienar, aliena mediante la discriminación.[3] También es analizador el loco cuando sus manifestaciones develan el sin sentido del sistema que lo recluye.

Si se compara esta propuesta con la definición dada por Pavlov, se verifica un desplazamiento de sentido. En el campo de la neuropsicología el analizador es la función que selecciona los elementos significantes, es el mecanismo que capta signos. En el campo institucional, el término se aproxima a la designación del signo captado. Si en el primer caso el analizador es el sistema óptico que capta por ejemplo los obstáculos con los que podríamos tropezar, en el segundo caso la denominación se extiende al obstáculo mismo. Se evidencia en este desplazamiento algo de la influencia de la teoría freudiana: el analizador se asemeja al síntoma neurótico en tanto signo que alude a una realidad que escapa a la consideración inmediata.

Ambigüedad conceptual

La corriente de la Psicoterapia Institucional mantuvo al término dentro de cierta  ambigüedad conceptual. Cuando el Análisis Institucional lo incorpora  a su instrumental teórico, la noción crece en amplitud. En el texto inaugural de la corriente[4] Lourau define al analizador como “aquello que permite revelar la estructura de la organización, provocarla, obligarla a hablar”La idea no difiere mucho de la otorgada por la Psicoterapia Institucional, salvo en el punto en que Lourau se detiene en la tipología de los sujetos analizadores–los desviantes– que con sus manifestaciones expresan lo no dicho en la institución. Con lo cual, viene a plantearse un tercer aspecto del concepto. Ya no se trata del analizador como mecanismo ni tampoco como signo o elemento significante, sino del analizador como sujeto de una enunciación.

Poco tiempo después, en la perspectiva de Lapassade, la noción retoma parte de su sentido original, pavloviano, cuando plantea la cuestión del analizador freudiano. Lapassade considera que la eficacia de la clínica psicoanalítica reposa, no sobre la pericia del analista, sino sobre el dispositivo: la regla fundamental y los demás institutos del contrato (horarios, honorarios, disposiciones espaciales...). Quien analiza no es entonces el analista sino el dispositivo analizador –el mecanismo, en los términos de Pavlov–. Si en alguna medida el concepto se había beneficiado con la teoría freudiana, de retorno le devuelve un dato que no es menor. Puede decirse que a esta altura de las cosas, el equívoco, la polisemia del término, adquiere su máxima extensión. Analizador quiere decir: uno, sistema o mecanismo de  expresión; dos, sujeto de la expresión; tres, elemento significante.

Algo de la polisemia se va reduciendo cuando con los nuevos desarrollos teóricos el término adquiere denominaciones más específicas. El sistema o mecanismo de hacer ver/decir, pasa a denominarseanalizador construido. Cuando se trata de personas, el analizador ya había sido denominado desviante. Y para el elemento significante queda la denominación de analizador natural. Luego, con el devenir de la práctica socioanalítica, se institucionalizan los dispositivos de intervención. Primero fue la asamblea general, las cajas negras y rojas… . Pasado el período “rojinegro”, retorna como dispositivo la más clásica reunión al estilo psicosocial. Finalmente, se institucionalizan las intervenciones de tiempo prolongado. Con este devenir el término analizador construido pierde vigencia y el constructo que antes designaba se denomina ahora dispositivo. El término analizador queda entonces circunscripto a lo arriba caracterizado en tercer instancia, esto es, a la designación de los elementos significantes que por propia eficacia se recortan natural o espontáneamente del conjunto.

La implicación del significado en el significante

Ahora bien, la calificación sumaria de las distintas acepciones del término –sistema de expresión, sujeto de expresión, la expresión y/o lo expresado– se revela inmediatamente insuficiente. Pues el desviante, al tiempo de ser sujeto de expresión es también elemento significante y significado, es vehículo de la expresión y significado expresado. Dicho en la terminología de Pichón Rivière, en el sujeto analizador se resumen en un mismo acto la función de portavoz  y el material emergente. Lapassade llama la atención sobre este punto cuando plantea que  “el mensaje no debe llevar a olvidar al médium a través del cual se manifiesta o disfraza” [5]. El gesto de echar mano del recurso semiológico para aclarar la cuestión no debiera desembocar en subsumir el problema bajo una lógica de los signos, so riesgo de circunscribir lo novedoso de un concepto dentro de una razón ya conocida.

Llevada la cuestión al plano psicoanalítico, la función simbólica del analizador –ser signo de otra cosa– sólo hablando en términos generales puede asimilarse al síntoma. Pues no se trata para el AI de una dualidad de niveles donde un clivaje estructural impide la expresión de lo clivado. Aquello que expresa el desviante no es una verdad vicaria, no es una manifestación desplazada que encubre otra verdad más cierta. El desviante expresa una realidad propia, que al mismo tiempo es una realidad del sistema institucional del cual participa.

Lourau explica esto mediante la función poética del lenguaje (Jakobson) donde el mensaje se centra en el mensaje. En ella, el discurso cobra autonomía, él es su propio fin, el mensaje no tiene otro sentido que el sentido mismo. La función poética del lenguaje se expresa por antonomasia en la poesía, que es insensata pues no designa nada en particular. Pero no sólo en ella, pues algo de la misma naturaleza ocurre cuando el dinero se expresa a sí mismo, cuando la moneda se constituye en mercancía, cuando además de representar una unidad de valor para las cosas, posee su propio valor de cambio en relación con otras monedas. La función poética del dinero como equivalente de las cosas se expresa finalmente en la autopoiesis del dinero generando valor por sí mismo, esto es, rindiendo interés. Esta autoreferencialidad es lo que para Jakobson pone en evidencia el costado palpable de los signos. La implicación del desviante con su expresión, es la implicación del significado en el significante, como lo son la embriaguez del poeta y del financista con el propio licor que destilan.

Para avanzar en la elucidación del concepto resulta útil la distinción que plantea Antoine Savoie entre analizador potencial y analizador efectivo. Savoie plantea que no debiera confundirse la función que algunos sujetos por su status o rol pueden llegar a cumplir –el niño, el extranjero, el homosexual, el loco– con la función analizadora que efectivamente desempeñan en una situación dada. En última instancia lo que cuenta son los efectos que el analizador produce, con lo cual nos alerta sobre el riesgo de entificar la noción. Si se extiende esta aclaración al problema arriba planteado, se vuelve más evidente que, antes que concepto, analizador es una noción que remite al hecho que la realidad social se halla pluricodificada, y que la función significante puede caer sobre cualquier elemento, ya sea sistema, signo, sujeto o cosa.  En la expresión de Castoriadis, la realidad social es “un magma de significaciones”. En este magma cristalizan líneas privilegiadas de sentido por efecto de la institución. Es mediante el proceso de institucionalización que determinadas realidades adquieren un estatuto de legitimidad y permanencia, en detrimento de otras alternativas posibles que pierden visibilidad social. El analizador es entonces, en términos generales, la instancia de acceso a los sentidos otros.

El caso del Servicio

En una institución pública de salud mental funciona un Servicio de atención ambulatoria de niños psicóticos  y border lines. El equipo que lleva adelante las actividades se conforma de una directora –a la vez fundadora del mismo–, tres o cuatro coordinadoras de áreas y alrededor de ocho terapeutas, donde sólo uno es hombre. Se trata de un grupo “misionero” que creó su propio espacio institucional, gestionó y consiguió las rentas para los profesionales, así como los fondos necesarios para construir una sala de atención.

El encargo de intervención me llega por vía de un miembro del Servicio a quien hasta entonces no conocía. En la primer entrevista me reúno con dos personas del staff y una de las ocho terapeutas.  Surgen ahí algunas demandas en torno a conflictos del grupo con la directora del Servicio, y otras relacionadas con la constitución del staff de coordinador­as, que al momento llevaba un año en funciones. En la entrevista se hace  también mención a algunas experiencias de supervisión en materia clínica, que el equipo  mantuvo con expertos externos que ellos consideran de cierto prestigio o renombre. El sentimiento del grupo es que los especialistas se "apropiaban" para su propio lucimiento del trabajo que el mismo equipo realiza.  Luego surge que se trataba de supervisiones ad honorem. De esa manera, cobra sentido una frase que habían deslizado  respecto del pago de la intervención que ahora me encargaban. La frase aludía a que en esta oportunidad deberían  pagar de acuerdo con lo que ellos ganaban. Al cierre de la entrevista me preguntan si acepto el encargo y cuánto les cobraría. Respondo que lo discutiríamos con el conjunto del grupo, para lo cual solicito restituyan a los demás lo conversado en esta entrevista.

Primera reunión

Una semana más tarde me reúno con la totalidad del equipo, incluido su directora,  en el lugar y horario de sus reuniones habituales. Iniciada la sesión, el primer planteo corre por cuenta del joven terapeuta varón, quien establece una división entre los profesionales que atienden pacientes y el staff de coordinadoras. Critica el hecho que esa estructura de coordinación se haya establecido sin que mediara una necesidad que la justificara. Se genera una discusión al respecto, en la cual la directora mantiene una actitud distante.

Sobre el final de la sesión pregunto acerca de la restitución de lo conversado durante la primera entrevista. Surge así el tema del pago de la intervención: me preguntan por mis honorarios.  Cuando les devuelvo esa pregunta, el grupo se resiste a formular el monto que estarían dispuestos a pagar,  insisten en que sea yo quien lo plantee. De todas formas está siempre presente la idea que el pago sea proporcional a sus escasos ingresos. El momento es largo y tenso. Finalmente, la coordinadora había propuesto mi nombre para la intervención sugiere un monto equivalente a doscientos dólares por reunión, aunque manifiesta estar dispuesta a pagar aún más. Otros dicen haber hecho cálculos según lo que debería aportar cada uno. Las cifras oscilan entre diez y quince dólares per capita, lo cual resulta menor a la primer propuesta.  Les propongo entonces un honorario equivalente a ciento cincuenta dólares por reunión –una suerte de promedio entre las propuestas- y un contrato de cuatro reuniones durante el mes de diciembre, para luego considerar la eventual continuación. Uno por uno todos acuerdan. Me despido con la satisfacción de haber cerrado un buen trato, así como por el  mecanismo utilizado.

Segunda reunión

En la siguiente reunión me encuentro al entrar con un grupo disperso, tanto en lo espacial como en lo actitudinal. Cuando finalmente se instala el clima para iniciar la sesión, una de las terapeutas, la más joven, aclara que no está dispuesta a participar de la experiencia, porque “ideológicamente” considera que mis honorarios son excesivos, teniendo en cuenta que ellos ganan menos de diez dólares la hora, y la encargada de limpieza, sólo tres. Agrega que tengo libertad de cobrar lo que quiera, pero tratándose de contratos individuales, ella tiene libertad de aceptar o rechazar.  Acto seguido la directora  plantea que si no participan todos, ella no lo hace. Interviene la coordinadora que había propuesto mi nombre: ella continúa con el proceso de intervención aunque quede sola. Se genera una nueva discusión en torno a la cuestión del dinero..., unos proponen reabrir la discusión de los honorarios..., otros preguntan si puedo modificarlos..., hay desconcierto y temor a que la experiencia se aborte. Les propongo entonces que decidan entre ellos si quieren continuar con la intervención y me lo comuniquen, pero que no veía razones suficientes para modificar lo acordado una semana atrás, habida cuenta que no habían variado las condiciones objetivas.

Tercera reunión

A la semana siguiente se realiza la tercer reunión. Se inicia con un clima depresivo. La joven terapeuta, antes en desacuerdo, manifiesta aceptar ahora los términos iniciales. Por su parte, una de las coordinadoras plantea su situación: por razones de agotamiento, no viene ejerciendo funciones de coordinación, por lo cual había decidido devolver al equipo el plus de dinero que considera no le corresponde.  Los demás se refieren a ella como si se tratara de un militante que ha perdido la fe en sus convicciones.  Ese dinero excedente está ahí,  produce escozor, no se sabe que hacer con él, ningún gasto está a su altura, es sagrado. La reunión continúa en torno a la cuestión del poder. Los terapeutas vuelven a criticar el mecanismo con que se constituyó el staff coordinador. La directora se defiende diciendo que los nombres de sus integrantes fueron propuestos al grupo. Sí, “luego de haber sido cocinados a puertas cerradas”, es la respuesta que le devuelven.

Pregunto por mi parte cómo se había tomado la determinación de continuar la intervención. El mecanismo no queda del todo claro, pero se evidencia la presión que el staff coordinador ejerció sobre la joven terapeuta. Si el juego del dinero, esto es la participación de todos en el pago, es la apuesta fuerte del dispositivo en tanto los constituye en pié de igualdad para intervenir, la participación forzada del disidente enrarece el dispositivo en tanto lo acerca al modo tradicional de organización de la institución; ahí se hace lo que se ordena hacer. Con lo cual propongo que expresen nuevamente su opinión sobre los honorarios que estarían dispuestos a pagar. Silencio..., pudor..., tensión..., finalmente la misma joven opina: la mitad de lo acordado. Los demás se expresan de manera coincidente. La coordinadora que inicialmente había  propuesto doscientos dólares, dice que ese monto eran expresión del valor que le otorga a la posibilidad de una intervención. Acepto la nueva propuesta, indicando que queda claro que si en esa organización hay imposición de poder por parte de la cúpula directiva, no es menos cierta la dificultad del conjunto para plantear libremente su propia voluntad y, por sobre todo, para sostenerla en forma consecuente.

Cuarta reunión

En esta reunión se discute un analizador ocurrido durante la semana: un niño sufrió una convulsión y la terapeuta a cargo dice no haber encontrado apoyo institucional. Debió resolver la situación con auxilio de los padres de otro niño, llevándolo a un hospital. Las coordinadoras médicas responden que existe un mecanismo institucional para esas emergencias. Agregan que ellas estaban presentes en la institución y sin embargo nadie las solicitó. “Porque estaban reunidas a puerta cerrada”, es la respuesta que reciben. Luego de esta reunión, la última acordada según el contrato, se inicia  el período de vacaciones. El grupo decide que discutirá la continuación de la intervención una vez retomadas las actividades normales. Dos meses después informan por teléfono que por votación se había decidido no continuar con el proceso, sin agregar otra explicación.

Unidad imaginaria del grupo

Durante la entrevista inicial, quienes formulan el encargo presentan al Servicio como un grupo que sostiene en alto su misión,  “pagado de sí mismo”. Tanto, que su tarea no es equivalente en dinero, cobran poco por ella y no pagan nada por supervisarla. Acto seguido, se sienten robados por sus supervisores. Esta  experiencia les enseñó que es mejor pagar a los especialistas a quienes  cursan encargos. Habrá que perder algo para retener algo. El dinero se instala entonces como símbolo que viene a reemplazar en parte la representación imaginaria que el grupo tiene de sí. Pero ¿cuánto pagar? Consideran que debe ser un monto equivalente a los honorarios que perciben, en términos generales. Honorarios que consideran escasos, con lo cual pude agregarse que la alta autoestima, el pago de sí, venía en parte a compensar el déficit de reconocimiento  que perciben de parte del Estado que los contrata. Este déficit de reconocimiento se expresaba también en el sentimiento de ser robados por parte de los supervisores.

Respecto del monto a pagar, en términos particulares la cantidad varía según las implicaciones de cada uno o de cada subgrupo. La coordinadora que propuso al analista, impulsada por sentimientos transferenciales y pensando en representación de todos, es quien plantea la cifra mayor. Los demás, pensando en sus propios bolsillos, calculan cifras per cápita. La joven desviante luego se ubicará en una posición de base, cercana al personal de limpieza, contestando a la vez al poder y el dinero (posición por otra parte imaginaria, pues ni se plantea la posibilidad de integrar ese personal como grupo cliente al dispositivo de intervención).

Si en las supervisiones ad honorem, el dinero en su ausencia muestra la alta imagen de sí que posee el grupo, cuando el dinero comienza a instalarse como símbolo grupal, se expone la fragilidad de la unidad del equipo. Esto se evidencia en sus dificultades para formular un monto de común acuerdo. La fragmentación del equipo se proyecta sobre la figura del analista: ideal de transferencia o enemigo de clase; vale doscientos o debe valer tres. La frágil unidad del grupo institucional se vuelve más evidente en la incapacidad de sostener en los hechos el acuerdo económico establecido en las palabras. En síntesis, el dinero opera aquí analizando la unidad imaginaria del agrupamiento, pues cuando la autoimagen se traduce en dinero, la unidad fracasa y quedan expuestas las distintas implicaciones.

La función del dinero como símbolo de la unidad del conjunto merece un breve apartado. En una institución orientada al lucro, el dinero es representante inmediato de la organización. En la institución empresa, antes que analizador, el dinero es indicador casi directo. Presupuesto, balance, flujo de caja, aunque no sean objeto de transparencia absoluta, suelen ser materia de análisis y exposición mas o menos constante. En las instituciones públicas y en las que no poseen fines lucrativos, el dinero cumple una función distinta, alejada de los fines explícitos. Adquiere potencialidad analizadora por el hecho mismo de constituirse como dimensión negada, implícita, no dicha. La institución se representa no ya directamente sino silenciosamente mediante el modo en que circula en ella el dinero. A la vez, en una dimensión distinta de la organizacional, el dinero representa al agrupamiento humano. No sólo es equivalente de las relaciones sociales (de producción), sino, como lo piensa Canetti, es también símbolo de la masa. La moneda nacional, además de funcionar como equivalente para los intercambios sociales, posee una plus valía simbólica en tanto representante de la unidad de esa sociedad. Esta función se verifica –por oposición– en las situaciones de inflación desmedida. El desconcierto que impera en los procesos inflacionarios es también producto de la pérdida de referencias simbólicas de la masa social. La fragilidad de la moneda se traduce rápido en amenaza de fragmentación social. La depresión no es sólo económica. Un paso más allá cabe preguntarse hasta dónde la moneda representa al sujeto social y hasta dónde lo constituye. De todas maneras es indudable que lo valora, como valora al sujeto individual.

El reverso del poder

En el caso del Servicio las demandas que tensionan al grupo remiten a conflictos de poder: al modo en que la fundadora ejerce su autoridad de directora, así como a la legitimidad del staff de coordinadoras cuya constitución ella impulsó. Cabe señalar que la directora ni impide ni alienta la intervención, pero aprovecha las fracturas del grupo para desestimarla. En una de sus escasas intervenciones puso en duda la validez de un dispositivo que no se centrara en cuestiones operativas ni en problemas concretos de organización del trabajo. Finalmente, no es difícil imaginar su participación  en la decisión de  no continuar intervención luego del receso estival.

El conflicto en las relaciones de poder, que en las demandas iniciales se presenta como oposición de dirigidos a dirigentes, a poco de andar muestra su aspecto inverso: los dirigidos rechazan hacer uso de su poder. Cuando pueden –cuando tienen la posibilidad de– expresar su opinión respecto del pago, solicitan sea el analista quien lo haga. Luego, cuando el analista propone un monto como común denominador de las expresiones particulares, lo rechazan por elitista y excesivo.

Esta contracara del poder, donde éste se muestra como ejercicio (de poder contratar) antes que como lugar (de poder del analista o del staff institucional) se expresa en primer término mediante el juego del dinero, que es a la vez el dinero en juego. Vale decir que, además de representar el trabajo de unos y otros (personal de maestranza, analista, directivos, terapeutas) y además de simbolizar y analizar la unidad grupal, el dinero en el juego de su intercambio posible expone las relaciones de poder. En segundo término, el modo lógico de las relaciones  de  poder en ese colectivo se evidencia mediante el analizador de la convulsión del niño: los dirigidos no ejercieron el poder de convocar a las coordinadoras, no abrieron la puerta cerrada, constituyendo así al staff como lugar hermético de poder, para luego hacerlo  objeto de la crítica. Se ve cómo en distintos analizadores particulares (honorarios, crisis convulsiva) se expone la misma lógica singular de la institución.

En lo que se refiere a mis implicaciones, por una parte está lo ya expresado respecto de la satisfacción inicial por el primer acuerdo económico establecido (el término “satisfacción” dice tanto al respecto, que debo hacer un esfuerzo para no borrarlo). Por otra parte, no hice mención a la simpatía inicial que sentí por los dos terapeutas más jóvenes,  el varón y la joven “impugnadora”. En el caso de esta última, el sentimiento se tornó ambivalente luego que contestara mis honorarios, pero no dejaba de atraerme su audacia, del mismo modo que me atraía la inteligencia del joven. Ambos aspectos otorgaban dinamismo a las sesiones. Normalmente hubiera deseado que la intervención sirviera para que se analizara el modo directivo que la fundadora imprimía al Servicio, así como la dudosa legitimidad del staff de coordinación. Pero la discontinuidad del proceso vino a demostrar lo contrario: la fragilidad de las demandas de los distintos subgrupos, con lo cual la razón de la directora se vio fortalecida. La institución, pues, se analiza en los analizadores y no según los analistas que pretenden verlo todo.

 


* Trabajo publicado en Les Cahiers de l’Implication, Université de Paris VIII, Francia, 2001.

[1] I. Pavlov, “Los Reflejos Condicionados”, p.114, Ediciones Morata, Madrid 1997.

[2] G. Lapassade, “El analizador y el analista”, Barcelona, Gedisa, 1979.

[3] Guattari, en una época del movimiento ya influenciado por los desarrollos de Lacan, lo expresa en los siguientes términos: en el hospital psiquiátrico tradicional, por ejemplo, existe un grupo dominante constituido por el director, el ecónomo, los médicos, sus mujeres, etc., que forman una estructura opaca que impide el surgimiento de una expresión del deseo de los conjuntos humanos constitutivos de la institución. F. Guattari, “Psicoanálisis y Transversalidad”

[4] R. Lourau, El Análisis Institucional, Buenos Aires, Ammorrortu, 1975.

[5] Op. cit., pág. 59.

 

 

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13:39hs, 8 de Febrero de 2012 (GMT)