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Como citar este texto
Varela, Cristián, “Contexto de surgimiento de los modelos policiales comunitarios”, 1º Jornada de Investigación del Departamento de Planificación y Políticas Públicas, Universidad Nacional de Lanús, Octubre 23, 24, 2008. 
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Contexto de surgimiento de los modelos policiales comunitarios

Cristián Varela

Sobre finales de los años ’60 y principios de los ’70 surge en el mundo anglosajón un conjunto de medidas novedosas tendientes a dar respuesta al aumento de tasas del delito, fenómeno que por entonces comienza a afectar a todas las grandes ciudades occidentales (Garland, 2001; 160). Estas medidas -que Garland denomina adaptativas por oposición a las reactivas o punitivas- tienen en común un carácter comunitario que se hace presente de manera y en grado distinto en los diferentes casos. En gran parte esa impronta reside en el hecho que el Estado apela a espacios y relaciones comunitarios en pos de encontrar soluciones para un problema que excede el marco de los recursos tradicionales con que cuenta. Pero también -y quizás antes- ese carácter deviene del hecho de ser medidas surgidas del seno mismo de la sociedad, a partir de “experiencias colectivas del delito”, y como estrategias de adaptación de los actores sociales a la nueva situación (Garland 2001). Luego, muchas de ellas son retomadas por los poderes estatales y volcadas como propuestas, o implementadas como medidas, en el conjunto social.   En la literatura referida a la cuestión se ha clasificado a esas medidas en dos grandes rubros: situacionales por un lado, sociopreventivas por el otro. Respecto del segundo grupo, dentro del cual se inscriben los modelos de policía comunitaria, expresa Garland que suponen una suerte de apuesta al “poder reparador de las relaciones comunitarias” (2001: 208). Este crédito que se otorga a la sociedad civil para la solución de un problema, que dentro del paradigma del Estado Moderno es de su exclusiva competencia, tiene claros antecedentes en lo ocurrido en el campo de la salud –y especialmente en el de la salud mental- en las dos décadas anteriores.

Por lo que toca a Gran Bretaña, la conmoción que significó la Segunda Guerra Mundial, despertó en la sociedad una disponibilidad latente para participar en la solución de necesidades de distinto orden, las cuales tradicionalmente satisfacía el Estado de Bienestar. Ello ocurrió respecto de los niños huérfanos, los desocupados crónicos y los retrasados mentales. Pero es quizás en el terreno de la psiquiatría donde la participación comunitaria produjo el mayor impacto, derivando luego en la transformación del modelo tradicional de atención pública. En el inicio, el desequilibrio entre demandas de tratamiento y disponibilidad de terapeutas, producido en gran parte por los casos de neurosis de la guerra y demás traumatismos que afectaban a los soldados, impulsa a los médicos del Northfield Hospital[1] a implementar experiencias grupales de  psicoterapia (Grimson, 1973).

Estos ensayos, que permitieron a Bion desarrollar su teoría sobre los supuestos básicos grupales, hicieron visible el modo en que la relación social –entre pacientes- resulta terapéutica cuando se desarrolla en un contexto cuidado. En este sentido, el terapeuta no tiene por función curar al paciente sino ejercer lacuraduría del vínculo social al interior del grupo. El otro aspecto que incluye la experiencia es la delegación que se hace en los pacientes de responsabilidades relativas a la organización de la sala. En este punto, donde la cuestión se liga con el trabajo y la responsabilidad social, la experiencia cobra ya la forma del modelo de comunidad terapéutica. Este término, acuñado por T. F. Main,  es en principio aplicado al proyecto de hacer del hospital psiquiátrico una suerte de laboratorio social donde se reproducen con función curativa los vínculos y actividades propios de la vida comunitaria (Clark, 1964).

Quien más desarrolló el modelo de community therapy fue el escocés Maxwell Jones, comenzando con distintas experiencias de terapia social al interior de la institución hospitalaria (unidad deneurosis industrial, de rehabilitación social, psicodrama...).  Desde la década del ’40 sus pacientes se inscribían dentro de una amplia gama que excedía largamente el perfil de los cuadros típicos de la nosología psiquiátrica, para incluir patologías crónicas de carácter social, tales como el alcoholismo y la desocupación. Este carácter, contrario al etiquetamiento psicopatológico, es uno de los aspectos que liga a la corriente comunitaria con la posterior -y más radical- de la antipsiquiatría de Laing, Cooper y Esterson. Cuando Jones pone el acento en el trabajo productivo como técnica curativa, sigue la tendencia de algunos psiquiatras ingleses -de los cuales Donal Early con su industrial therapy es el más conocido- de tomar en préstamo un modelo continental. Pues la terapia ocupacional de los británicos tiene un antecedente en las experiencias creadas antes por los alemanes y seguidas luego por los holandeses. Aunque hay que decir que el modelo británico se desarrolla sin el rigor disciplinario que caracterizaba al modelo germánico de preguerra.

El movimiento que conforma a la psiquiatría comunitaria británica incluye también el sistema dehospital abierto impulsado por Mc Donald Bell, quien planteaba que una práctica  terapéutica no debía implicar el encierro del paciente (Clark, 1964). En la misma línea, la psiquiatría administrativa de Clark suma al esquema de la terapia comunitaria la perspectiva de la gestión de la institución como instrumento terapéutico. Ya no se trata de acciones y situaciones que los médicos proponen para los pacientes, sino del modo en que debe ser gestionado el hospital para que en su conjunto resulte curativo. Esto incluye las vinculaciones y acuerdos que la institución hospitalaria debe impulsar y lograr con otras instituciones públicas y no gubernamentales, así como con líderes comunitarios y con las propias familias de los pacientes.

En el caso de la corriente antipsiquiátrica, ligada en sus orígenes al movimiento comunitario y luego distanciada de él, sus impulsores crean lugares de albergue alternativos al hospicio, a los cuales denominan comunas, donde ellos mismos y sus adeptos conviven con los albergados (Laing 1971; Baillon, 1975). Volviendo a Jones, en un segundo momento de su propuesta comunitaria él invierte la fórmula inicial para postular ahora a la propia comunidad como lugar para el cumplimiento de funciones terapéuticas, en vez del hospital cumpliendo funciones sociales. Tres décadas más tarde, viendo su trayectoria en perspectiva, entiende a “la comunidad terapéutica como prueba piloto para la psiquiatría comunitaria” que se realiza en el medio social. Pues de lo que ahora se trata es de aprovechar  “en alto grado el potencial terapéutico de la vida comunitaria”, considerando las posibilidades implícitas de cura que conllevan la vida en familia y las situaciones laborales. Jones escribe esto a fines de los ’60, en momentos en que comienza un proceso de descentralización de los servicios públicos en Gran Bretaña, con una correspondiente preocupación de las autoridades para integrar a los distintos servicios locales y volverlos más coherentes. “En Gran Bretaña, se demuestra actualmente un interés por el desarrollo regional, la organización del gobierno local y la integración de los servicios sociales”. Esto resulta propicio para el postulado de una milieu therapy; pues “se espera en general que la comunidad sea económicamente autosuficiente y que el gobierno local sea capaz de proporcionar los servicios que hemos llegado a considerar indispensables para el funcionamiento de la sociedad”. Se trata, por lo tanto, del “uso de las fuerzas sociales del ambiente para complementar los métodos psiquiátricos de tratamiento”  (Jones, 1968).[2]

Si para su consolidación estas experiencias se beneficiaron con la descentralización de los servicios sociales, el fortalecimiento de los gobiernos locales, y una mayor consideración de los derechos de los ciudadanos en tanto usuarios, en sus inicios contaron a favor con lo que significó para el conjunto del sistema institucional la conmoción que implicó la Segunda Guerra Mundial. Dicho esto, no por el carácter primario -destructivo y mortuorio- de la conflagración, sino por sus consecuencias secundarias de incremento de la cohesión social, de mayor solidaridad, de consideración por el sufrimiento de las víctimas, los combatientes, sus deudos y huérfanos, etc. Esto trajo aparejado un consecuente ejercicio del voluntariado, de apoyo al semejante y en el semejante, y de búsqueda de alternativas para cubrir necesidades atinentes a los servicios sociales, entre otros aspectos. Puede decirse que una parte importante de la vida social comenzó a funcionar más allá de las rutinas tradicionales e instituidas, haciendo emerger una consideración distinta de esa vida, lo cual determinó de hecho la puesta en tela de juicio no pocas instituciones del Estado de Bienestar. Visto en perspectiva, no resulta extraño entender que al día siguiente de los campos de concentración y del exterminio del semejante por considerarlo diferente, en las sociedades del bando que se identificaba con la democracia, por oposición a los totalitarismos, se pusiera en cuestión el estatuto del alienado mental en su condición de alienado social.

Sin embargo de lo dicho, el proceso tendiente a la desmanicomialización y reinserción social de los pacientes psiquiátricos no se dio por sí mismo. Hizo falta un considerable esfuerzo por parte de los promotores de las distintas experiencias para lograr acuerdos y apoyos por parte de las autoridades, del público, las organizaciones sociales, las familias de los pacientes, y aun de éstos mismos. “Abrimos las puertas de una sala de mujeres paranoicas, de larga internación; no sucedió nada desagradable, excepto que algunas pacientes se quejaron porque ahora los de afuera podían entrar”. Aparte de las resistencias internas, la implementación de modelos alternativos requirieron pasar “muchas horas con la policía local, los alcaldes, los directores de escuela, los abogados y los ciudadanos, tratando de convencerlos” de las nuevas propuestas. Clark (1964) agrega que Mc Donald Bell  “tuvo que comparecer ante la corte para explicar porqué se daba la libertad a pacientes que habían faltado a la ley”. Explica que él mismo debió pasar muchas noches aclarando lo que estaban haciendo en reuniones del Rotary Club, Uniones de Madres, Asociaciones de Padres y Maestros y autoridades de los pueblos vecinos. “Me vi envuelto en un sinnúmero de actividades no médicas (...) dando conferencias a grupos de ciudadanos, hablando a policías, brindando conferencias de prensa y entrevistas a la radio”. Por su parte, Jones relata que organizó "pequeños foros nocturnos (...) donde grupos de médicos de familia, eclesiásticos, maestros de escuela y el equipo del hospital, se reúnen una vez por mes por la noche para tratar los problemas del vivir”. El contenido de estos foros es el debate de temas generales buscando "el aporte de cada uno para la solución de un problema social”

Se observa en todo este proceso un movimiento que nace en la dimensión de lo grupal para tocar luego a la sala del servicio psiquiátrico, un paso más adelante al hospital en su conjunto, luego a las relaciones que éste mantiene con otros servicios y organizaciones -vale decir la red interinstitucional- y finalmente alcanzar a la comunidad misma, proponiéndola como lugar de cura. La solución del problema que antes concernía al Hospicio se busca ahora no sólo en el hospital general y en las clínicas locales, sino también –y en esto consiste la mayor novedad- en la fábrica, el teatro, las asociaciones vecinales y los albergues experimentales. En suma, las organizaciones comunitarias -y la organización comunitaria- pasan a ser concernidas por la cuestión psiquiátrica. Lo hacen con el apoyo de recursos públicos de carácter local asociados entre sí -municipio, policía, oficinas de empleo, escuelas- y recursos no estatales, tales como asociaciones, iglesias, clubes, y aún los pubs. Se trata de una suerte de alquimia institucional donde se intercambian y metamorfosean funciones y formas; donde unas nuevas emergen, algunas sin superar el estadio de la experimentación social, otras operan permeando y cambiando a instituciones existentes, y otras más cobran relieve pasando a instalarse como modelos institucionales. Cincuenta años después de esas locas experiencias –¿soltar a los alienados? ¿encargarles la sala? ¿convivir con ellos?- ninguna política pública puede sostener con seriedad al encierro como método consustancial al tratamiento de los trastornos psiquiátricos. A lo sumo, habrá lugares donde no se sepa cómo deshacerse del Hospicio, por no haber podido o sabido desarrollar el recurso alternativo. Pero nadie ligado a la cuestión propondría hoy en sensatez edificar nuevos y más modernos hospitales neuropsiquiátricos.   

Cuando Garland alude a las nuevas estrategias que surgen para abordar la creciente inseguridad como una apuesta al “poder reparador de las relaciones comunitarias” está planteando su vinculación con lo ocurrido en el campo de la salud mental. A la manera de los dispositivos de Foucault (1976), aquí también la sociedad, en circunstancias de “urgencia” histórico social hecha mano de recursos y discursos heterogéneos para vincularlos en función de una estrategia hasta el momento inexistente. Cuando en nuestro medio se comienza el intento de implementar experiencias comunitarias en materia de seguridad pública, surge la crítica que las vincula con una renuncia del estado al ejercicio de una función indelegable. Dicha renuncia se inscribiría –según se argumenta- en el marco de un achicamiento del estado y de traslado de sus responsabilidades a la sociedad civil. Esta crítica debe sin embargo contrastarse con las evidencias aquí expuestas, referidas a una invención social como estrategia sin estratega, sin descuidar el hecho que requieren ser analizadas en lo específico de la vinculación entre uno y otro campo, el de la salud mental y el de la seguridad pública.

    



Bibliografía

Baillon, G. (1971) “Introducción a la Antipsiquiatría”, en AAVV, La Antipsiquiatría. Buenos Aires: Siglo XXI, 1975.

Clark, D. H. (1964) Psiquiatría administrativa. Los roles en la comunidad terapéutica. Buenos Aires: Nueva Visión, 1973.

Dörner, K. (1974) Ciudadanos y locos. Historia social de la Psiquiatría. Madrid: Taurus.

Foucault, M. (1976) Historia de la sexualidad: la voluntad de saber. Buenos Aires:  Siglo XXI, 1985.

Garland, D. (2001) La cultura del control, Barcelona: Gedisa, 2005.

Grimson, W. (1973) “Prólogo”, en David Clark, Psiquiatría administrativa. Los roles en la comunidad terapéutica. Buenos Aires: Nueva Visión.

Guillot, Claude, (1976 [1970]) Les institutions britanniques. Paris: PUF.

Jones, M. (1968) Más allá de la comunidad terapéutica. Buenos Aires: Genitor, 1970.

Laing, D. (1967) Experiencia y alienación en la vida contemporánea. Buenos Aires: Paidós, 1971.

Main, T. F. (1946) “The Hospital as a Therapeutic Institution”, Bulletin of th. Menninge. Clinic, nro 10.

 



[1] Wilfrid Bion, John Rickman y Michael Foulkes.

[2] “Iniciada en los años sesenta con la reorganización del Gran Londres, la reforma del gobierno local finaliza en Inglaterra y en el País de Gales en 1974, y en Escocia  en 1975”. El nuevo esquema simplifica la organización de la administración local, estableciendo una división entre condados (counties), subdivididos en distritos. Ambas instancias cuentan con un Consejo constituido por miembros ad honorem, quienes eligen sus autoridades, chairman y vice-chairman.  En lo que hace al sistema social y de salud, las autoridades locales trabajan  en estrecha colaboración con los servicios nacionales, además de brindar varios servicios complementarios; “se encargan de asistir a los discapacitados físicos y mentales en dominios muy variados (asistencia financiera, enseñanza, instalaciones especiales, etc.)”. Además se ocupan de los ancianos, los niños abandonados y los maltratados (Guillot, 1976 [1970]: 51-52, 66) (la traducción es mía –CV).

 

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21:24hs, 20 de Febrero de 2012 (GMT)