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Como citar este texto
Varela, Cristián, “La entrada al terreno institucional”, Tramas, Nº 20, 2004, Ed. Universidad Autónoma de México, ISSN 0188-9373.


La entrada al terreno institucional

Cristián Varela


Introducción

Cuando un equipo de investigación tiene como objeto de estudio a una institución ya no se trata simplemente de la relación entre el investigador y su objeto, sino de una relación particular entre grupo e institución. Consideradas así las cosas, un primer aspecto a tener en cuenta es que el equipo de investigación es un grupo atravesado por fuertes determinaciones institucionales; su libertad de movimiento se halla en mucho restringida por los condicionamientos de la práctica que realiza. Con lo cual habría que decir que en una situación de este tipo se trata de la relación entre –por lo menos– dos instituciones: la que investiga y la investigada; entendiendo por la primera no sólo a aquella que encarga o realiza la actividad, sino antes aún al conjunto de supuestos y procedimientos académicos y científicos instituidos que constituyen el marco de esa actividad.  Un paso más atrás se encuentra el conjunto –abierto e impreciso– de encargos y demandas sociales que orientan toda investigación. Investigar instituciones sin prestar atención a la dimensión social e institucional de la investigación forma parte de lo que Lourau (1994) denomina los actos fallidos e la investigación. Pues el equipo de investigación no es sólo un grupo definido en función de su tarea específica, sino también un lugar de condensación de esas dimensiones sociales e institucionales. En la medida en que éstas no se elucidan, se constituyen como presencias ausentes, como realidades que integran el campo de la investigación pero sin ser atendidas como tales, siempre prontas, por lo tanto, a emerger como analizadores o actos fallidos de la investigación.

La consideración de la dimensión institucional del equipo de investigación no debiera llevar a desestimar la dimensión propia de lo grupal, también implicada en la cuestión; pues el equipo es también un grupo, entendido en términos psicososiales. Aunque siempre atravesado por las determinaciones socio–institucionales, lo grupal posee su propia fantasmática en tanto encuentro de subjetividades singulares.

Si lo institucional está implicado en lo grupal, lo está más aún en la dimensión del sujeto, pues si hay subjetividad es porque hay institución, por cuanto ésta es causa del sujeto psíquico. Tal como lo expresa Kaës (1987), la institución antecede al sujeto tanto lógica como cronológicamente. No tiene sentido separar la dimensión de lo subjetivo de lo socio–institucional más que como recorte metodológico. Aislar el psiquismo y considerarlo como una realidad en sí misma, poner entre paréntesis las relaciones sociales implicadas en toda subjetividad, es un ejercicio que tiene sentido sólo en función de una práctica clínica: el psicoanálisis. Esa puesta entre paréntesis es una regla de método para el ejercicio de la cura, pero no debe confundirse lo que es una invención técnica con el estatuto propio de lo inconsciente. Él (ello) es eficaz en toda relación; identificaciones, proyecciones y transferencias abundan por doquier. Si se considera una forma social determinada, por ejemplo el equipo de investigación, es evidente que ella implica un conjunto abierto –una trama– de determinaciones sociales, institucionales, grupales y subjetivas (en una enumeración que es sólo una concesión a los modos habituales de discriminar realidades). Estas determinaciones están siempre presentes, pero pasan a constituirse como una dimensión otra –negada, implícita, latente, inconsciente, desconocida– tanto más cuanta menor atención se les presta. Por ejemplo, en la medida en que se sólo se preste atención a la forma equipo como realidad positiva, esas otras realidades se constituyen como campo de realidades negadas pero operantes. Dicho de manera inversa, las implicaciones negadas, las implicaciones que no se analizan, producen su propia eficacia y pasan a actuar de una manera que resulta “fallida” vis a vis los objetivos explícitos de la investigación y de los investigadores[1].

La experiencia de supervisar las actividades de grupos que investigan instituciones nuestra cómo el momento de la entrada al terreno se constituye como lugar privilegiado para la ocurrencia de circunstancias fallidas que desorientan respecto de la tarea y que desorganizan al equipo. El propósito de este trabajo se orienta a echar algo de luz al respecto, de manera de brindar algunas señales de orientación para los equipos que se inician  en la práctica de investigar instituciones.

El acceso al terreno

Las resistencias organizacionales. Los investigadores de terreno que se inician en la práctica de observar el funcionamiento o la vida social de una institución, suelen tropezar con un primer obstáculo en las puertas mismas de la organización;  no pocas veces ven trabado el acceso al campo por una serie inacabable de requerimientos burocráticos, inquisitorias, solicitudes de entrevistas, presentación de notas, etc. Pareciera que desde el momento en que se enuncia la intención de realizar una observación, la institución recurre a su faz más defensiva, se muestra celosa de sí y hasta es posible percibir actitudes paranoides en las conductas de sus agentes. Estas manifestaciones de las resistencias de la organización también pueden presentarse una vez que el equipo ha logrado ingresar y se encuentra ya en tarea de observación: los encuentros previamente acordados con autoridades y responsables se dilatan o suspenden, los miembros o empleados, que en un primer momento mostraron buena disposición, cambian de repente su actitud, etc. .

Respuestas maníacas y depresivas. Frente a circunstancias de este tipo, es muy posible que los investigadores noveles experimenten la situación como un rechazo dirigido al propio grupo, como si se tratara de excluirlo, de impedirle la tarea; es también posible que en su fuero íntimo cada investigador viva la situación como una cuestión personal. Como se verá más adelante no se trata de cuestiones personales, pero en la medida en que los investigadores lo tomen así, lograrán constituirla como tal y el problema se irá retroalimentando con las propias actitudes que el grupo devuelva a modo de respuesta. Se sentirán excluidos y sus fantasías de rechazo derivarán en conductas regresivas de temor y culpa; actuarán de manera temerosa como pidiendo disculpas y deseando que la situación termine lo antes posible; el grupo querrá huir de ahí. O, por el contrario, esas misma fantasías podrán despertar conductas opuestas, tales como la insistencia algo obsesiva o la agresión mediante el contraataque; la institución se le presentará al grupo como un poder al que hay que vencer, y adoptará así conductas más o menos necias, obcecadas, como quien insiste en atravesar una pared por donde no hay puerta. Dicho en buen lenguaje kleiniano el grupo corre el riesgo de caer en posiciones maníaco depresivas o bien en posiciones esquizo paranoides. Aunque lograra acceder al campo, la observación estará ya viciada de entrada, disminuida, por el efecto de ceguera que produce en los observadores el estar mirando de manera temerosa o bien de manera temeraria.

El rechazo autocumplido. Pero no siempre las fantasías del equipo se disparan como respuesta a las resistencias de la organización. A veces los temores comienzan a operar antes de entrar al campo, en el momento mismo de la elección del lugar de observación. Inhibidos de antemano, los practicantes podrán verse impulsados a elegir terrenos donde el acceso es de por sí complejo: instituciones totales, organizaciones con tendencias sectarias, lugares desconocidos donde no se cuenta con contacto alguno, etc.  A veces también esos temores los llevan a presentarse a las puertas de la institución en actitud más dispuesta al rechazo que a la aceptación. Todo se desarrolla como si los practicantes estuvieran actuando en función de no iniciar la tarea.

En todas estas vicisitudes, que por supuesto no agotan la gama de las dificultades  de acceso al campo, está presente una misma concepción errónea: la situación es vivida como una confrontación entre el yo de los investigadores y la institución, confrontación donde a veces el yo intenta vencer las resistencias de la institución, otras donde se siente atacado por ella, otras dónde de antemano se da por vencido. Ahora bien, aunque este equívoco pueda entenderse como una desviación neurótica de los sujetos, como la manera en que ellos ven las cosas, al mismo tiempo no deja de ser una situación que promueve la institución[2].

Las fantasías inconscientes del observador

En tiempos del servicio militar obligatorio era costumbre que los viejos conscriptos recomendaran a los ingresantes dejar de lado toda reivindicación de hombría al entrar al cuartel[3], aludiendo con ello a la inutilidad de confrontar con la institución. Pero nadie maneja su propio yo a voluntad ni puede desprenderse de él para colgarlo en el perchero al ingreso del establecimiento. Los atributos del yo, susobjetos, las fantasías del sujeto, etc., estarán siempre en juego; y estarán tanto más presentes cuanto más inconscientes sean. Resultaría extraño, por ejemplo, que un acto de observación, de investigación, no estuviera ligado inconscientemente con un deseo de voyeur, con una fantasía de espiar lo que no debe ser visto. En este sentido, la experiencia de supervisar el trabajo de quienes se inician en estas prácticas demuestra cómo la presencia de esta fantasía, acompañada del esfuerzo puesto en reprimirla y del sentimiento de culpa por el deseo indebido, configuran en conjunto una situación que conspira contra las capacidades del observador, limitándolo, inhibiéndolo y llevándolo a sabotear el cometido que se propuso.

Esto ocurre porque en el psiquismo del sujeto la escena institucional se liga inconscientemente con la escena familiar, por ser la familia la institución que lo constituye y la primera que transita. Por lo tanto, todo encuentro con una institución es en un sentido un reencuentro, pues para el sujeto significa ingresar en un orden de cosas respecto del cual posee de antemano una serie de supuestos; supuestos no sólo fantaseados sino también reales, ya que de alguna manera sabe a donde ingresa. Este saber es producto de la continuidad social que existe entre la organización familiar que lo constituyó como sujeto y la organización social con la que ahora se vincula, siendo la primera de ellas el lugar donde se aprenden las reglas que se juegan en las demás instituciones.

Observar una institución significa –psíquicamente– ingresar al mundo de los adultos e intentar develar sus secretos. Implica, inconscientemente, ir al encuentro de la escena primaria de la que habla Freud: el acto sexual de los padres, que es el acto fundacional de la institución familiar, siempre fantaseado pero nunca constatado; inconscientemente fantaseado, omnipresente, pero vedado a la investigación empírica. Un paso más allá, investigar instituciones significa levantar el manto mitificador que oculta no sólo los orígenes reales de la organización sino también su falta, sus fallas actuales, sus imperfecciones, sus intereses no confesados.

La naturaleza de las instituciones

Las instituciones se presentan siempre bajo un rostro idealizado que no coincide con su realidad concreta. José Ingenieros las incluye dentro de la ley de la simulación en la lucha por la vida; sostiene que al igual que las especies humanas y animales, se presentan como lo que no son y esto hace a su supervivencia (Ingenieros, 1903). René Lourau, al descomponer a la institución en sus tres momentos dialécticos, ubica en la dimensión universal lo que él denomina la unidad imaginaria de la institución, reunida en torno a los ideales que promulga; pero esta unidad, en tanto sólo imaginada, resultará siempre desmentida, negada, por la fragmentación que representan las realidades particulares de los distintos grupos e individuos; esta negación que se verifica en acto en toda institución, se traslada al tercer momento, al de su organización singular, material y concreta. De manera que en la realidad cotidiana de la institución se verifica siempre una distancia entre los ideales promulgados y lo que ahí se hace día a día (Lourau, 1975). Deleuze y Guattari (1973) definen a las instituciones como máquinas sociales que funcionan a condición de estar descompuestas; esto es, funcionan siempre de manera imperfecta. Por su parte, para Freud la institución es producto de una ilusión, es resultado de la creencia de los sujetos de ser amados por igual por un líder o entidad superior; este supuesto, las más de las veces inconsciente, en el caso de la institución religiosa se expresa claramente en la expectativa de los fieles de no ser abandonados por dios.

Aún en lo que se conoce como teorías de la organización, que se presentan como formas racionales de estudio de las mismas, como ciencias o técnicas con un objeto claro y delimitado, al hacerse hincapié en la necesidad de definir la visión y misión de cada organización, se cae sin quererlo en el reconocimiento de la dimensión imaginaria, proyectiva, del fenómeno institucional. De hecho se está planteando que las organizaciones no funcionan sino es en relación con una creencia, con un horizonte inexistente al que hay que imaginar y con el que hay que comprometerse. De manera que cualquiera sea la perspectiva desde donde se considere el fenómeno, con sólo ahondar un poco en la cuestión, se verá que organizaciones e instituciones son realidades que se enuncian a si mismas y se presentan ante los otros bajo una imagen que dista de su realidad actual.

Organización e institución. Sin ser materia de este texto, tal vez convenga hacer una breve aclaración respecto de los términos organización e institución. Para el lenguaje corriente son términos homólogos y es en este sentido que aquí se los está utilizando. En lo que hace al discurso teórico, las diferencias dependen en gran medida de los autores y las corrientes que se tengan en cuenta y, un paso más allá, del campo epistémico desde donde se aborde la cuestión. En términos generales cabe decir que la institución como objeto es materia de preocupación de la filosofía prácticamente desde sus orígenes, para luego pasar a incluirse dentro las ciencias sociales cuando éstas surgen a fines del siglo XVIII, principios del XIX. Ligada a la Filosofía, a la Iglesia, al Derecho, a las Ciencias Sociales, al Estado y a la cuestión política, la institución ha sido tema constante –transversal aunque obliterado– del pensamiento occidental. Por su parte la preocupación por la organización surge a partir de los estudios sobre laadministración que se inician a principios del siglo XX, con Taylor en los EE.UU. y Fayol en Francia, en directa relación con los procesos de industrialización, por un lado, y de consolidación de la burocracia del Estado moderno, por el otro. El avance de las ciencias físico naturales, especialmente la biología, dota luego al tema de la organización de un estatuto de mayor cientificidad. Finalmente, impulsado por el desarrollo de la organización empresa y por la preeminencia que ésta cobra en el mundo contemporáneo, el objeto organización tiende a instalarse como un objeto conceptual, a mitad de camino entre lo social y lo técnico, pero sustentado con los avances teóricos de la física, la bioquímica, la cibernética, y la comunicación.

Si se requiere una rápida distinción entre ambos términos, convendría entender por institución a las formas y modos de relación entre los sujetos y con el mundo que toda sociedad establece y sanciona tanto explícita como implícitamente (vg. el derecho, le educación, la religión, la familia, el modo de producción). La existencia de la institución requiere de formas materiales, las que indistintamente pueden denominarse instituciones u organizaciones (vg. un tribunal, una escuela, un templo, una familia, una empresa). Con lo cual, las organizaciones pasan a ser formas materiales que responden a un ordenamiento determinado en función de un objetivo y una racionalidad que las excede, los cuales se sitúan por fuera de ellas en un nivel que corresponde a la institución.

La falla institucional

Retomando la cuestión del ingreso al campo de observación, cabe señalar que ir al encuentro de una institución en particular, desconociendo la naturaleza de las instituciones en general,  suele producir en primera instancia un tropiezo con el escalón, con el desfasaje, que existe entre lo que ellas son y lo que dicen ser. A veces ocurre que el equipo de practicantes se fascina con el hallazgo con el que han tropezado, con la falla que han detectado, desconociendo que eso debe darse por sabido de antemano, que esa diferencia constituye un elemento que hace, por así decirlo, a la naturaleza de las instituciones. Aunque con arreglo siempre en lo material, las instituciones son una ficción, una invención social sustentada en una idea, una construcción histórica cuya piedra basal es una analogía que se establece como un a priori con la realidad ya dada. Nada aporta el descubrimiento de una distancia entre el ideal y la realidad institucional (salvo algo de narcisismo al yo de los investigadores que creen así situarse por encima de ella). Más aún, en la medida en que se haga explícito, ese descubrimiento conlleva el riesgo de enviar a los practicantes por una vía que pronto desembocará en la salida, por efecto del rechazo que efectúa la institución como mecanismo defensivo.

El “saber no sabido” que los sujetos tienen sobre las instituciones del medio al que pertenecen, el hecho de poseer en sí los mismos supuestos que hacen a la existencia de las instituciones de su cultura -por ser los sujetos producto de esas instituciones- lleva a veces, no a tropezar con la falla institucional, sino a buscarla para corroborar ese saber. Puestos en posición de investigadores más cercanos al detective que al cientista, actúan orientados por la hipótesis de que ahí hay una falla a descubrir, una “mentira” a denunciar, un secreto a develar. Son las deudas del sujeto con la institución familiar, son las demandas y confrontaciones entonces no saldadas, las que ahora bajo el rol de observador intentan solucionarse en un escenario desplazado. Será siempre posible descubrir esa dimensión fallida de la institución, pero, nuevamente, el resultado será el “descubrimiento de la pólvora”, como suele decirse, sin mayor beneficio para ninguna parte.

Las implicaciones del observador. Cuando los practicantes se hallan demasiado implicados con el ideal de la institución, suele producirse el efecto contrario, consistente en tender puentes sobre esa falla, cerrando los ojos a esa realidad, negando las evidencias que desmienten al ideal. Desde el momento en que los observadores se identifican con la institución, adquieren sus ojos y, en consecuencia, los datos de la realidad tienden a ordenarse según la visión que ella promueve; comienzan a ver en ese campo sólo lo que la institución pretende mostrar, pasando por alto todo aquello que atenta contra el ideario, y sosteniendo lo fallido de la institución. En función de mantener la consistencia entre lo que creen y lo que ven, no producirán otro material de observación que la información que se le brinda y expone. Por estas razones, los practicantes que se inician deben evitar elegir como objeto de estudio aquellas instituciones con las que mantienen vínculos de pertenencia o referencia, pues en ellas las implicaciones están por demás jugadas de entrada.

Otro efecto que producen las implicaciones –no analizadas– de los observadores con la institución, con el imaginario de la misma, con su objeto, su misión o sus ideales, es la tendencia a pasar a la acción. El observador implicado cae preso del furor curandis, de la fantasía de actuar dentro de la institución, ya se sumándose a las prácticas que ésta realiza o bien tomándola como objeto de intervención para “curarla”, en lugar de limitarse a observar.  No se trata en estos casos de la observación participante, que es una técnica que requiere sus recaudos y condiciones, sino de la actuación de un impulso donde la tarea de observación es sobrepasada y sustituida por la acción. Este impulso no es ajeno a las ansiedades que despierta en los sujetos la evidencia de las fallas institucionales y la dificultad en aceptarlas. Mediante el pasaje a la acción se trata de restañar rápido las imperfecciones de la institución, imperfecciones que en última instancia remiten a las fallas del propio sujeto que observa.

 En la medida en que el deseo de curar esté presente como supuesto en los practicantes al momento mismo del inicio de la observación, ya durante los primeros contactos, se produce de entrada en ellos un desánimo por el hecho de no encontrar respuestas para esa intención. Viven la sensación de estar actuando sin demanda por parte de la institución, lo cual los desorienta porque pierden el horizonte de la tarea y quedan a la espera de un llamado que no llegará. Esto se traduce, nuevamente, en el sentimiento de ser rechazados o bien en la sensación de estar invadiendo un territorio ajeno, con la culpa consecuente que esto implica. Queda claro que en el caso de una práctica de observación, la demanda corre por cuenta de la institución de investigación o formación que encarga, promueve o legitima la tarea, y no de la institución que es objeto de estudio; demanda a la cual el equipo de observadores debiera sumarse, aceptando ser los demandantes y no los demandados.

Como se ve, es por efecto de la naturaleza misma del fenómeno institucional –y no por defecto subjetivo– que pueden producirse determinadas fantasías en el ánimo de los observadores: voyeurismo,ilusión de descubrimiento, de detective, furor curandis, de invasión... . O, para decirlo con mayor precisión, la consideración de los problemas inherentes a la entrada a la institución cobran una nueva dimensión si se piensa que es el encuentro con lo que aquí denomino la falla estructural de la institución lo que dispara dichas fantasías, las que por supuesto se corresponderán con la fantasmática de cada equipo de observadores. Producto de esa naturaleza “fallida” existe otro factor también de tipo estructural que provoca dificultades vinculadas a las manifestaciones ya analizadas.

El cerco institucional

Tal como lo plantea Lourau (1975), toda institución se define por oposición a (uno) el conjunto del sistema social y (dos) al resto de las instituciones. En este sentido una institución, una organización, puede entenderse como un campo de condensación en el plano de los social donde se concentra un conjunto de discursos y recursos relacionados con su objeto y sus prácticas; al tiempo que se expulsan o tiende a expulsarse de su seno todo aquello que no compete directamente a ese objeto. Una institución no es un espacio abierto, no es por ejemplo una plaza pública donde existe una considerable libertad para desarrollar distintas prácticas. En una plaza urbana se puede observar gente predicando o evangelizando, otros comerciando, otros haciendo proselitismo político; gente simplemente estando o paseando, algunos comiendo, otros jugando o practicando deporte... y aún concertando el intercambio sexual de manera lícita o ilícita. Aunque pueda considerarse a la plaza pública como una institución, su dimensión instituida es lo suficientemente amplia como para incluir en su interior a un variado conjunto de prácticas sociales. Pero si las iglesias, partidos y empresas pueden extender sus prácticas a los espacios públicos, difícilmente aceptarán que sus propios establecimientos se vean invadidos por la gama de actividades que se observa en aquellos.

Definirse por oposición (uno) al conjunto del sistema social, significa incluir en su interior aquello que se adecua con su función principal, y con su cultura institucional, excluyendo lo que considera inadecuado. Significa además efectuar una torsión de aquellas realidades del sistema social que no pueden excluirse. La iglesia no puede prescindir del intercambio económico, pero la presencia del dinero en su interior estará altamente ritualizada. La política, las creencias, la economía, la pedagogía...., esas grandes relaciones que toda sociedad ordena, sistematiza, institucionaliza, cuando no puedan ser excluidas del interior de cada una de las instituciones, serán reapropiadas bajo un modo específico, particular: sacralizadas en la iglesia, ideologizadas en el partido, vueltas rentables en la empresa. Tomando la expresión de Lyotard (1979) puede decirse que toda institución tiende a conformarse como una totalidad fragmen­taria, como un fragmento que aspira a la totalización, dándole un sentido propio a las realidades sociales. Definirse por oposición (dos) a las demás instituciones significa que cada organización se dará una identidad propia, particular, basada en aquello que la diferencia de las otras organizaciones similares. Cada iglesia, partido, club o empresa pondrá especial cuidado en diferenciarse de las demás entidades semejantes, al punto que no sería extraño ver que el mayor esfuerzo esté puesto en incrementar la pequeña diferencia que la diferencia de las otras organizaciones del mismo “rubro”.

Es en función de estas oposiciones que cada organización tiende en su derredor un cerco, un límite tanto virtual como real, con el fin de garantizar su integridad y evitar ser contaminada, desvirtuada,trabajada, por fuerzas ajenas. Castoriadis encuentra que existe una similitud entre el cerco que tiende en torno suyo la organización social y la membrana que se establece en torno de la organización biológica, cerco que en ambos casos regula el intercambio con el medio (Castoriadis, 1988). Por su parte, Elías Canetti (1983) plantea que las instituciones se constituyen lógica y cronológicamente a partir de las masascuando éstas son encerradas. Si las masas son conjuntos sociales abiertos y más o menos espontáneos, con escasa o nula organización y caracterizadas por la incorporación no sólo irrestricta sino deseada de  participantes –“la masa desea crecer”–, el pasaje a la forma institución se opera mediante su encierro en un espacio determinado, así como a través de la limitación del número de sus integrantes. La hipótesis del encierro en el origen de la institución es también la que sustenta Foucault (1964) a propósito del surgimiento del hospicio y de la prisión modernos.

Se ve entonces en qué sentido el ingreso al territorio de una institución estará siempre más o menos impedido o regulado, y cómo esto ocurre por efecto de un factor estructural de cercamiento propio de la naturaleza de las organizaciones sociales. En la constitución misma de una institución queda de hecho establecida la división entre un interior y un exterior, entre los incluidos y los excluidos, delimitación que será materia constante de atención y perfeccionamiento y determinará la conformación de un clima, de una cultura propia. Interioridad / exterioridad territorial por un lado, inclusión / exclusión de personas por el otro. Gerth y Mills (1972: 168) sostienen que "las instituciones seleccionan y expulsan a sus miembros de acuerdo con gran variedad de reglas formales y códigos informales”. En el orden de lo formal recurren para ello a la consideración de variables que van desde las más gruesas como edad, sexo y salud, hasta las más finas que se detectan mediante exámenes elaborados de habilidades o aptitudes especializadas, de test de personalidad, etc. Las reglas formales suelen acompañarse de criterios informales de admisión que no siempre se enuncian explícitamente: recomendaciones de terceros, imagen personal, estilo de vida, etc. Algunas empresas, por ejemplo, deciden la incorporación de sus nuevos cuadros gerenciales después de invitarlos a participar en una reunión informal donde se analizan de manera vivencial las variables correspondientes a este segundo orden. En una perspectiva ligada al análisis institucional y al psicoanálisis, Enríquez considera que toda organización "desarro­lla un proceso de formación y de socialización de los diferentes actores, para que cada uno de ellos pueda definirse en relación con el ideal propuesto”; sostiene que “todo modelo de socialización tiene por fin seleccionar las 'buenas' actitudes y por lo tanto juega un rol en el reclutamiento o en la exclusión de los miembros de la organización" (Enríquez, 1992: 35).

El observador institucional, antes de serlo, será observado, analizado, en función de los requerimientos formales e informales de la organización. Se comprende mejor, entonces, de qué manera el acceso se ve restringido por un efecto de estructura. Aunque existe una diferencia cualitativa entre acceder al interior de una organización para realizar una observación e ingresar a ella para integrarse a alguna de sus funciones, desde el punto de vista organizacional esa diferencia suele resultar en principio borrosa: la portera de una escuela dejará ingresar más o menos automáticamente a cualquier niño con aspecto de alumno.  De acuerdo con esta misma lógica, no pasará por el mismo trámite una estudiante de profesorado que requiera realizar una observación en el aula de una escuela, que un estudiante de sociología que pretenda observar la vida en un cuartel militar.

La institución analiza al observador y detecta en él la presencia o ausencia de los códigos y variables que integran las funciones, el clima y la cultura organizacional. El yo del sujeto, que es también un decantado de instituciones, resulta de hecho analizado por la institución a la que ingresa, aún antes del análisis formal de su propuesta, intenciones, notas de presentación, credenciales etc. Los temores, fantasías y sentimientos que se despiertan en el sujeto cuando se sitúa en posición de observador son también efecto de este análisis. Cuando se trata de un equipo de observadores el efecto que a veces produce ese análisis es la disidencia interna. El grupo es de hecho analizado, dividido, por efecto de la institución. Si esta situación es vivida como una cuestión personal o grupal, no sólo se resiente y complica el proceso de observación, sino que los observadores dejan pasar de largo un excelente material, pues aquello que les sucede habla de la institución. Así, en vez de vivir una situación de rechazo vinculándola con la propia historia afectiva, aquello que un buen observador debiera atender no debería ser la actualización de sus vivencias infantiles, sino la constatación de que en esa organización existen mecanismos que suscitan regresiones en los sujetos. La institución habla en él.

A la manera de reglas de método

  1. La claridad de la hipótesis de trabajo. De alguna manera, el encuentro con la institución produce una crisis en la persona del observador y en la grupalidad del equipo porque, como se vio, las instituciones implicadas en el yo –individual, grupal– son puestas de hecho en tela de juicio. En consecuencia, la primer recomendación que cabe hacerle a los practicantes es que tengan claro su objetivo cuando entran en contacto con la institución. Cuánto más claro tengan el propósito que los lleva a ingresar ahí, menor será la posibilidad de entrar en confusión, pues la puesta en común del objetivo los prevendrá de las disidencias internas y de las crisis grupales. La aclaración del objetivo, su verbalización, y aún su formulación bajo la forma de una consigna, producen además el beneficio de servir como tarjeta de presentación ante la institución. Las prevenciones y suspicacias disminuyen cuanto más claros y compresibles sean los términos con los que los extranjeros se presentan a las puertas de la ciudadela. Hay que tener presente que la institución territorializa un lugar y coloniza una colectividad, un colectivo humano; que opera en la materialidad del espacio al tiempo que lo hace en la subjetividad de las personas. Se han visto las dificultades que plantea el acceso al espacio territorializado, ahora bien, el hecho de superarlas no supone directamente el acceso al grupo humano. Hay una distancia entre ingresar a una institución y ser admitido por su gente, al punto que puede bien darse lo uno sin lo otro. Se puede contar con la anuencia de las autoridades para estar en el lugar, pero al mismo tiempo ser rechazados por la gente; y viceversa.
  2. La congruencia de la consigna de presentación. El acceso se verá siempre facilitado cuanto más se adecuen las prácticas de los observadores a las funciones habituales de la institución; un ejemplo de adecuación es el trabajo práctico de los estudiantes de pedagogía en el aula de una escuela. Por lo tanto, conviene siempre que la consigna de presentación se articule en términos que resulten comprensibles para la cultura organizacional; y, en la medida en que los observadores deberán interactuar con actores institucionales de diferentes niveles y sectores, esa consigna debería articularse en un lenguaje accesible para todos. El gerente de recursos humanos de una planta fabril puede comprender bien las razones que lleve a un equipo de practicantes de psicología a observar la actividad de los operarios, pero éstos no dejarán de preguntarse qué tienen que hacer los psicólogos ahí, y aún de recelar de su presencia. No siempre en la institución se decodifica la consigna en el sentido que el equipo intenta darle, pues la tendencia será la de asimilar la tarea de éste a lo que resulta más frecuente en el lugar. La presencia de un antropólogo en un comedor popular posiblemente será asimilada a la de un trabajador social o a la de un voluntario. Insistir en lograr la decodificación correcta a veces oscurece la situación más de lo que la aclara. Sin embargo, en otras situaciones, el equipo deberá cuidar que su presencia no se asimile a alguna función que resulte persecutoria para la gente de la institución. En la empresa, la presencia de psicólogos corre el riesgo de interpretarse como la de evaluadores o selectores de personal, con lo cual se generará una distancia que en nada ayudará a conseguir información confiable. No está demás agregar que la consigna, el modo de presentarse dentro de la institución, debe ser suficientemente clara respecto de que no se está ahí para observar personas sino prácticas, rutinas, costumbres, modos de organización, etc. También, y de alguna manera, en ella deben hacerse presentes los beneficios que la tarea agrega a la institución en general, aunque sean difusos y carezcan de aplicación inmediata. Así como el docente cuya aula es observada sabe que se trata de una práctica que en última instancia redunda en beneficios para la enseñanza en general, todo equipo investigador – observador deberá saber presentar los beneficios que su tarea aporta al campo donde actúa.
  3. El objetivo del observador es producir información. Si se tiene en claro que la tarea es observar, aunque se carezca de un plan de acción detallado, resultará más sencillo decidir las acciones a realizar y aquellas que conviene evitar.  En principio puede decirse que al investigador le conviene guiarse siguiendo esa consigna, actuando de manera de acercarse a las fuentes de información y evitando las actitudes que lo alejen de ellas. Muchos practicantes creen que deben moverse dentro de la institución siguiendo el modus operandi de la disciplina que estudian o han estudiado, pero a veces ese modo puede alejarlos del acceso de la información, por ejemplo si adoptan la distancia clínica del psicólogo o la observación no participante del psicólogo social en los grupos operativos. Por otro lado, hay que tener en cuenta que en este punto se roza la cuestión ética; pues las acciones del investigador están delimitadas por la ética científica, al tiempo que lo están por la legalidad institucional. El respeto de la ética científica no suele crearle dilemas al investigador; pero no ocurre lo mismo con el respeto de la legalidad institucional. Lapassade (1991) cita más de un ejemplo en los que el investigador debe elegir entre respetar esa legalidad o ganarse la confianza de los sujetos siendo “cómplice” de sus transgresiones. Si las trasgresiones no suponen un delito ni atentan contra la ética científica, en última instancia el investigador estará eligiendo entre una actitud más conservadora que no ponga en riesgo su permanencia en la institución, y una actitud que le permitiría acceder a mejor información, pero que pone en riesgo su permanencia en el campo.
  4. Donde fueres haz lo que vieres. En la institución se tiende a asimilar la presencia de los extraños a lo que resulta más habitual en ese campo; por lo tanto, el equipo verá facilitada su tarea en la medida que asimile su presencia a los cánones institucionales. No se trata de mimetizarse con el entorno, sino de facilitar el proceso de asimilación evitando los rechazos que podría producir una manera disruptiva de presentarse. En el plano de las relaciones sociales, cuando las personas pretenden ser aceptadas por lo otros, adecuan su presencia a lo que suponen son las expectativas y supuestos de esos otros. En el plano de las relaciones institucionales ocurre lo mismo, aunque a veces de manera más acentuada. En suma, se trata de tomar conciencia que las relaciones sociales no son ingenuas, y de utilizar en el plano institucional  las mismas estrategias que muchas veces se utilizan en las  relaciones comunes y corrientes.
  5. La entrada al terreno es un proceso constante. Sobre todo por lo que tiene de entrada en confianza con la gente, la entrada a la institución no debe entenderse como un acto puntual, sino como un proceso. Este proceso, por otra parte, debiera realizarse de manera gradual. Bogdan y Taylor recomiendan que en función del cúmulo de información que se recopila, ese proceso se realice de manera incremental, comenzando por visitas breves de manera de no verse inundado por datos que luego, fuera del campo, no se sabrá cómo ordenar (B., T., 1975). El ingreso gradual elimina además el riesgo de despertar una sensación de invasión en el ánimo de los actores institucionales. En realidad, el acceso al terreno es un proceso constante porque la institución en sí misma no es un territorio estático sino una realidad dinámica. Cambian las situaciones y relaciones internas y por lo tanto se modifican las condiciones con las que se inició el trabajo. El equipo puede haber logrado la aceptación que esperaba y se mueve por el lugar como en su propia casa, pero la movilidad interna del personal puede enfrentarlo en cualquier momento con nuevos desconocidos que quizás interpreten equívocamente su presencia.  En este sentido los observadores deberán prevenirse del efecto de acostumbramiento y de la tendencia a la institucionalización de la que es objeto todo aquel que entra en relación con el lugar. Seguramente cuánto más cómodos se sientan, más creerán o desearán formar parte de esa colonia, con el riesgo de pérdida de la posición de observadores.
  6. El recurso de los informantes institucionales. El mantenimiento de una distancia óptima que impida perder la perspectiva de observación no debe ir en desmedro del beneficio que produce el acercamiento a las personas que puedan servir de informantes. Suele ser más rica la información que se obtiene a través de charlas informales que las que brindan las entrevistas formales. En Le sens pratique, Bourdieu sostiene que la mejor información sobre una fábrica se obtiene tomando un vino en el bar de la esquina con un operario. El manejo de este recurso –sobre el que existe toda una literatura etnológica y de sociología de terreno– posee una dimensión política en relación con la institución y requiere de un tacto en lo que hace a las relaciones humanas, que tal vez desanimen a los practicantes noveles. Pero si no desean desarrollar el recurso, les bastará simplemente con dejar que ocurra, pues de hecho la relativa permanencia en un espacio delimitado produce el establecimiento de la relación social, de la relación informal.
  7. El sabio y el profano en la institución. Lapassade (1991) recomienda mantener una postura ingenua respecto del saber en la interlocución que se sostiene con los actores institucionales. La deposición del rol del sabio por parte de los observadores produce de hecho el trasvasamiento de información desde la gente de la institución. En realidad, si se va ahí a observar es para conocer lo que se desconoce; no se trata por lo tanto de adoptar una falsa postura, sino de asumir la que situacionalmente corresponde. Quienes saben sobre esa institución son quienes la viven y le dan vida, de manera que, más acá y más allá de las técnicas específicas a las que recurra, el equipo observador sabrá sobre la institución ella en la medida en que interactúe en deponiendo su saber y su ansia de saber.

Breve conclusión

Antes que un objeto pasible de estudio –de observación, de investigación, de  análisis– lainstitución es una construcción social que sobredetermina a los sujetos, a los grupos y a las organizaciones. Ella es una forma que conforma a las otras; por lo tanto la exterioridad que pude alegarse respecto de lo institucional es siempre más que relativa.  Es cierto que hay diferencias considerables entre pertenecer o no a determinada institución, pero se trata de diferencias de tipo y grado de implicación, no de una exterioridad absoluta. Así como no hay exterioridad entre una institución y la sociedad en que ella existe, pues esa institución es una formación particular de esa sociedad, no puede haberla entre los grupos e individuos de esa sociedad y la institución que toman como “objeto”. Un paso más allá, hay siempre continuidad, implicación, entre lo individual, lo grupal, lo institucional, lo social..., que son todas formas o momentos distintos de lo humano. De manera que lo planteado en estas líneas valen también para aquellas situaciones (raras ya en los tiempos que corren) en que sujetos de una cultura estudian a sujetos de otra cultura (vg., la etnología). De esto se sigue que observar instituciones es observar lo humano, por lo tanto es también observarse a uno mismo. En esta relación especular hay que conceder primacía a la institución: así como ella nos constituye, y eso ocurre antes que tengamos conciencia, ella nos observa, investiga y analiza de igual manera. Si bien estamos haciendo referencia a la institución en general, a ella en tanto “universal”, debe considerarse que toda forma singular, cualquier institución, encierra en sí esa lógica universal. En suma, los grupos no pueden analizar instituciones sin considerar en qué ellas los analizan. Este aserto se avala en los desarrollos teóricos que he intentado desplegar, pero antes en la experiencia como analista institucional (sobre todo en los actos fallidos de esas experiencias) y en la supervisión de los trabajos de los estudiantes y de los colegas que se inician.


Bibliografía

Bogdan R., Taylor S. J., Introduction to qualitative research methods, Wiley, New York, 1975.

Bourdieu, P., Le sens pratique, Paris, Éditions de Minuit, 1980.

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Castoriadis, C., “Lo imaginario: la creación en el dominio histórico social” en Los dominios del hombre: las encrucijadas del laberinto, Gedisa, Barcelona, 1988. (La primera edición francesa es de 1975).

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Kaës, R. La institución y las instituciones, Paidós, Buenos Aires, 1993. (La primera edición francesa es de 1987).

Lapassade, G., L’ethnosociologie, Meridiens Klincksieck, París, 1991.

Lourau, R., El Análisis Institucional, Amorrortu, Buenos Aires, 1975. (La edición original francesa es de 1970).

–,                 Actes manquès de la recherche, PUF, Paris, 1994.

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Mills, C. y Gerth, H., Carácter y Estructura Social, Paidós, Buenos Aires, 1972. (La primer edición es New York, 1953).


[1] Lourau (1975: 270) define el concepto de implicación institucional al “conjunto de las relaciones, conscientes o no, que existen entre el actor y el sistema institucional”, en una fórmula por demás sintética que sin embargo condensa los aportes psicoanalíticos (conciencia) y sociológicos (actor, sistema) de los que se nutre el Análisis Institucional. En el sustrato del concepto yace la idea de que la eficacia de la institución, al igual que la eficacia del mito, reside en los grados desconocimiento que de ella poseen quienes la realizan o actualizan.

[2] No avanzaré aquí sobre este tema, pero cabe aclarar que si neurosis  e institución son objetos distintos que remiten a disciplinas específicas, es sólo por una cuestión de división de campos epistemológicos. Pues más acá o allá de esa división, neurosis e institución son también formas distintas de lo imaginario; distintas, pero que se remiten mutuamente en más de un aspecto, tal como lo ha planteado Castoriadis. Por ejemplo, es por un efecto de institución ­–ley de prohibición– que se produce la neurosis, al tiempo que la institución es, tal como el síntoma y la neurosis misma, una formación imaginaria, colectiva; la institución es una manera singular de entender la realidad, lo cual se verifica en el hecho que cada cultura se da las suyas (Castoriadis,1975).

[3] En términos textuales, “colgar los huevos a la entrada”.

 

tema) de los que se nutre el Análisis Institucional. En el sustrato del concepto yace la idea de que la eficacia de la institución, al igual que la eficacia del mito, reside en los grados desconocimiento que de ella poseen quienes la realizan o actualizan.

 

[2] No avanzaré aquí sobre este tema, pero cabe aclarar que si neurosis  e institución son objetos distintos que remiten a disciplinas específicas, es sólo por una cuestión de división de campos epistemológicos. Pues más acá o allá de esa división, neurosis e institución son también formas distintas de lo imaginario; distintas, pero que se remiten mutuamente en más de un aspecto, tal como lo ha planteado Castoriadis. Por ejemplo, es por un efecto de institución ­–ley de prohibición– que se produce la neurosis, al tiempo que la institución es, tal como el síntoma y la neurosis misma, una formación imaginaria, colectiva; la institución es una manera singular de entender la realidad, lo cual se verifica en el hecho que cada cultura se da las suyas (Castoriadis,1975).

[3] En términos textuales, “colgar los huevos a la entrada”.

 

la neurosis, al tiempo que la institución es, tal como el síntoma y la neurosis misma, una formación imaginaria, colectiva; la institución es una manera singular de entender la realidad, lo cual se verifica en el hecho que cada cultura se da las suyas (Castoriadis,1975).

 

[3] En términos textuales, “colgar los huevos a la entrada”.

 

tema) de los que se nutre el Análisis Institucional. En el sustrato del concepto yace la idea de que la eficacia de la institución, al igual que la eficacia del mito, reside en los grados desconocimiento que de ella poseen quienes la realizan o actualizan.

 

[2] No avanzaré aquí sobre este tema, pero cabe aclarar que si neurosis  e institución son objetos distintos que remiten a disciplinas específicas, es sólo por una cuestión de división de campos epistemológicos. Pues más acá o allá de esa división, neurosis e institución son también formas distintas de lo imaginario; distintas, pero que se remiten mutuamente en más de un aspecto, tal como lo ha planteado Castoriadis. Por ejemplo, es por un efecto de institución ­–ley de prohibición– que se produce la neurosis, al tiempo que la institución es, tal como el síntoma y la neurosis misma, una formación imaginaria, colectiva; la institución es una manera singular de entender la realidad, lo cual se verifica en el hecho que cada cultura se da las suyas (Castoriadis,1975).

[3] En términos textuales, “colgar los huevos a la entrada”.

 

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18:56hs, 9 de Febrero de 2012 (GMT)